Sobre “NO ESCRIBAS” de Samuel Schkolnik en PARKER 51.
O sobre
“plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”,
¿paradigmas superados?
Gea fue primera.
De su conjunción con la niebla emergió lo vegetal.
Más tarde el animal.
¿Según la mitología pagana?
Superada la teoría de la generación espontánea, que desde la antigüedad permitió explicar en parte el origen de la vida a sabios como Platón o Aristóteles, incluso hasta el siglo XVII, cuando van Helmont aún sostenía que las ratas y otros seres proceden de la tierra y de la basura. Desde Pasteur en adelante, se pudo comprobar que la vida siempre procede de la vida, lo que llevó a los sabios de estos últimos siglos a pensar que el origen de la vida se debía a especiales condiciones que reinaron en el planeta in illo tempore, aunque recientes descubrimientos, realizados en las profundidades de las fosas abisales del Pacífico, permiten comprobar que la vida se genera aún hoy (en forma de moléculas orgánicas) a presiones y temperaturas en las que se creía no podía existir la misma
“Toda la vida animal, en último término, depende de los vegetales. Si no existieran las plantas, no podría haber tampoco vida animal en el mundo”, dice E. Strasburger en su Tratado de Botánica.
Por la misma época el escritor José Martí, según versa en Wikipedia, decía esto de “plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”, aunque otra ¿confundida? escritora atribuye a Confucio la peregrina idea para acrecentar la natural confusión, valga la cacofónica similitud, ¿dice la frase? : “ser hombre significa plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”. Aunque opino esto sería por aquella época de fines del siglo XIX cuando aún nada se sabía del calentamiento global, la amenaza de superpoblación o de la desaparición de las áreas de bosques y selvas naturales, o de las facilidades contemporáneas para publicar un libro.
Al respecto, Samuel Schkolnick dice en su relato “No escribas”, del libro Parker 51 (Tucumán, 2010), que si cada habitante del planeta hiciera caso de la frase que reza esto y publicara un libro, y él lo hizo, y no uno, ni dos, sino que tres, e incluso teniendo en cuenta los escritos en colaboración, serían muchos más: tales volúmenes (los libros producidos por el caudal íntegro de seres humanos vivientes) puestos uno sobre otro harían la mitad del camino a la luna etcétera, para llegar finalmente a concluir que el número vuelve imposible su lectura por lo que finaliza recomendando ni escribir. Sabio como es (y ya lo preconizaba Genie Valentié por la década del ochenta) maestro y doctor en filosofía, su recomendación resulta más que acertada. Se puede aumentar la insuficiencia del arte pensando que en realidad los más grandes escritores son memorables no por todas sus innumerables páginas sino que solo por algunas cuantas.
De ello deducimos que son muchas las páginas para el olvido y pocas las del recuerdo. O a veces mejor ni recordar la mayor parte de esas páginas.
Abandonemos aquí a Shkolnick y analicemos a los congéneres del filósofo.
Sería bueno reformular ahora y a la luz de estas ideas y las que la ciencia nos dio, estos postulados y decir que Ser hombre hoy sería: plantar al menos un árbol cada día, o aunque más no fuera uno cada semana, aunque el solo hecho de plantarlos no basta sino también sería menester cuidarlos hasta que lleguen a ser lo que su potencial genético les signa: a diario se ven tantos árboles destruidos en las aceras por la acción de los indolentes que resulta evidente que la buena intención no alcanza. Se sabe también de aquellos que talan indiscriminadamente bosques, montes y selvas, aunque a éstos no los veamos, la única manera de subsanar en parte el daño sería éste. Y aquí debemos hacer una aclaración sobre un error muy frecuente: se siembran las semillas, se plantan las plantas, por lo que, si hablamos de plantar es obvio que antes la hemos sembrado y cuidado hasta que llegó a ser un pequeño árbol al que podremos plantar en el sitio adecuado: ellos trabajarán para nosotros secuestrando dióxido de la atmósfera con el que elaboran hidratos de carbono o maderas, disipando además el inclemente calor solar con su sombra y devolviendo al aire el imprescindible oxígeno, sin embargo, por ello debe pagar con su vida cuando solo nos ofrece beneficios, dado que encontró en el hombre un socio demasiado agresivo para realizar con él su simbiosis o su mutualismo.
En cuanto a tener un hijo, hasta dos serían posibles por pareja, sin que pase el hombre a convertirse en una amenaza contra sí mismo, lo de paso sea dicho ha venido ocurriendo sin ninguna solución planteada sobre tablas más que la que pergeña mentes pérfidas de mandarlos a morir en batallas o presas de enfermedades devastadoras o en desastres ambientales. Sin embargo se ve tanta gente dispuesta a multiplicarse: Se encuentran también tantos hijos abandonados que a esa máxima debiera aumentársele la aclaración: educarlo en el amor a la naturaleza para llegue a ser un guardián de ella y no otro enemigo dispuesto a explotarla hasta las últimas consecuencias.
Todo esto nos retrotrae al principio de los tiempos, y es bueno recordar que el reino vegetal es el hacedor primario, el productor de todas las formas de energía salvo aquellas contenidas en los minerales, también aprovechables, no sin escándalo. Son los vegetales los generadores de la atmósfera que envuelve al planeta, formada a través de eones: fruto de su respiración y del balance positivo entre el dióxido secuestrado a favor del oxígeno generado imprescindible para la aparición del tercer reino: el animal. ¿Cuarto reino, quizá? si tenemos en cuenta el Fungi apartado ya del vegetal, aunque aún queda por resolver la incógnita planteada por la existencia de los virus, y ni mencionemos las bacterias.
Y respecto a escribir el libro ¿cometerlo, dirían algunos? Se escriben tantos libros fútiles que apena pensar que tendrán la muerte del papel picado con el consiguiente doble daño: haber privado al medio ambiente del árbol que liberaría oxígeno cuando se lo taló para hacer pulpa de papel con el triste final de liberar más dióxido cuando se lo queme por ser un libro inservible.
Pero pensándolo tranquilamente: ser hombre es ser un animal consumidor que con su sola subsistencia va minando el equilibrio de la naturaleza, alterando el paisaje y la geografía: respirar genera de por sí gases nocivos, de tal suerte que ése sería el original pecado que sabiamente señalan las sagradas escrituras.
Reformulada entonces la popular y colectiva creencia, ser hombre sería: plantar un árbol cada día y cuidarlo hasta que su tronco resista el embate del viento del verano; tener hasta dos hijos sin abandonarlos, educándolos amorosamente hasta que puedan ganarse su merecido sustento; y, respecto a escribir, hazlo siempre y cuando sea un buen libro: dotado de originalidad, concisión y armonía. De lo contrario mejor, como el maestro nos lo ha dicho: “ni escribas”, y nadie debiera entonces recriminarte nada, hasta sería posible pensar, finalizado tu ciclo, que fuiste sin pecado concebido.
Sin pretender ser un eclesiástico, ¿sería acaso exagerado agregar que el resto es vanidad de vanidades?
O decir, se es hombre a partir del momento que se hace conciencia que su sola presencia adultera el balance energético entre productores y consumidores en Gea.
Gea fue primera.
De su respiración emergió el vegetal.
De la silente respiración vegetal emergió el animal.
De entre ellos surgió evolutivamente el hombre.
Más ¿De dónde viene Samuel?
Hasta de dónde viene el mismo González. Y en qué café reirán conversando sobre aquellas cartas que le mandaba en otros tiempos, cargadas de una sutil ironía desestructurando todo aquello que aceptamos como vistas, pesadas y medidas aunque solo valen como palabras y plumas el viento las tumba.
Me gratifica sospechar que esta etapa de la humana evolución a la que pertenecemos será juzgada no por mí, ni por ti, sino por él, quien nunca creyó a pies juntillas en los dicen que dijeron que decían, él entre tantos crédulos.
Resumiré diciendo de él: fue árbol, hijo y ahora es libro, así visto, es tiempo ahora de gozarlo en la lectura.
Jorge Namur, Noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
domingo, 11 de julio de 2010
Golem literati
Por propia voluntad declaro agotado de sostener una mentira, pongo a vuestro conocimiento algo que pocos creerán, aunque muchos: infinitamente muchos, ignorarán: Diciendo por infinito a ese exacto número que solo Dios percibe.
Además, ni mientes que el número de consumidores literarios vaya a incidir en el rumbo de los acontecimientos: Hoy por hoy muy pocos leen y los que lo hacen, ni suman a la hora del recuento de votos. Y esa especie de analfabetismo funcional de gente que no intelectualiza lo leído, simple y llanamente por ” falta de ejercicio” es una de las precisas razones del extravío que lleva al mundo a la deriva: Nos dirigen los versados, más preciso sería llamarlos impostores, que en nada recuerdan a los sabios de antaño, cuyas efigies erosionaba el cultivo de las virtudes.
Así tranquila mi conciencia, diga lo diga... nunca cundirá el pánico por la noticia, como ocurrió con la muerte del rey del Pop o con las borracheras y extravíos de Britney pero sin más circunloquios y sirva de muestra lo antedicho para corroborar lo que se dirá a posteriori que es la verdad, declaro: ¡No Existo!, Perdón, literariamente hablando, de lo contrario sería imposible que estuviera comunicando todo lo que voy a contar: Efectivamente soy un invento que pergeñaron dos escritores para que ocupara un sitial privilegiado en la literatura aunque sólo por recomendaciones: El viejo Octavio, original culpable de esta ficción, quien componiendo sincera y largamente ensayada mirada soñadora, acostumbra a referirse a mí recordándome como un niño con su teatro de títeres a cuestas, muchos elaborados con papel maché, para los que improvisaba mis propias historias: sensiblerías de maestro rural, o le habrá gustado la función de ese día, pero sospecho que por entonces se le ocurrió eso de que yo sería escritor: invitado por él hice mi primer taller literario en la adolescencia y cuando ameritó que ya era tiempo, por su encomienda pasé a manos de otra de mis creadoras, cómplice necesaria aunque sospecho que ella sentirá alivio en su conciencia pensando en la figura del “arrepentido”. Ella es quizá la mayor responsable de la pública estafa que en apariencia no tiene sanción legal: ella, Doña Alba, viciosa ficcionista, que, simétricamente con el viejo Octavio, repite un poco en sorna, que mi cuento ”Nieblas “ es uno de los más densos de la literatura universal, algo difícil de explicar por su sustancia tan leve como lo es el vapor, pero es que con estas menudencias ríen a expensas del crédulo público pero al margen de esta perorata o elucubraciones para distraer como el tero gritando por un lado, mientras los huevos están en otro, es verdad que soy simplemente una elucubración literaria de ambos y los denuncio harto ya de sostener esta mentira y por acaso comenzarán a entenderme si ven mi incapacidad de urdir la más simple historia: ¿ quién osaría usurpar un sitial en semejante escenario durante tantos años? la candorosa inocencia de la gente se lleva sin esfuerzo buena parte de estas razones y es a ojos visto, por los resultados electorales y los gobernantes que eligen, obvio que no disciernen gran cosa. Pero respecto a estos dos cínicos que hicieron de mi un golem literario, ellos sonríen con misteriosa sonrisa de Gioconda, propia de los que algo ocultan y divertidos por burlar otra vez más al incauto lector con un ingenio que a la postre debería ser develado, o permanecer en cripta hasta el fin de los tiempos-
Otra versión posible sería que la única culpable es Alba, ya que hasta el mismo Octavio nació de su galera: se sabe que otras escritoras usaron galeras, en este momento alcanzo a rememorar los nombres de George Sand y de Daniell Stend o Stenrz, o como haya sido, aunque aquellas galeras fueran para esconder el sexo ya que por entonces se sentían discriminadas, en cambio la de Alba es una galera de mago o de ocultista, ciencia en la que es versada y si quieren pruebas escritas lean el listado de sus publicaciones y comenzaran a dilucidar por los nombres a que me refiero, verbi gratia “ De lo Demoníaco” nombre que vuelve innecesario cualquier comentario o “ Los Problemas del Mal”, título ostensiblemente demoníaco o “Los Mitos del Agua”, ostensiblemente paganos, hasta otros plagados de infantil inocencia cual Alicia en el país de las Maravillas escondiendo una demoníaca identidad, verbi gratia “Los Otros Ojos” o “Por el Tobogán del Arco Iris”, Etcétera. Tras haber referido pruebas testimoniales orales y escritas que hasta están colgadas en Internet y sería superfluo pedir una sesión pública de la misma para acceder a cualesquiera de sus muchas páginas que recorren el mundo atrapando en sus redes incautos distraídos paso a contar la gestación del cuento por ellos cometido como la pérfida Alba refiere al comentar algunas obras. A esta obra cumbre sin dubitaciones titularía Golem literati iniciati.
Como ella misma repite sin cansancio, todo buen cuento debe contar con una Introducción, un nudo y un desenlace o fin. Notarán en la siguiente narración la aparición de los tres elementos por ella sostenidos como imprescindibles en todo buen cuento.
La Introducción
Ubicación espacio temporal.
“ En el principio de los tiempos de Don Octavio como escritor, época en la era un simple ciudadano aunque no tan común, ya que aspiraba a ser escriba público, época en la que el difunto esposo de Doña Alba era director de un abstracto Ente Cultural de la provincia
(Aunque hay visos de realidad es preciso aclarar que ese tiempo espacio es utópico. Además la expresión ente nos circunscribe también al vacío existencial.)
El Nudo
Kafkiano
y estaba a punto de declarar desierto un concurso bienal de literatura por falta de acuerdo entre los miembros del jurado, a lo que a su juego la llamaron pidiéndole que laudara o al menos leyera las obras de los participantes para ayudar a dilucidar si alguno ameritaba el premio. Tras la lectura Alba dice descubrir uno y así saltó a la bien merecida fama que más tarde se ocupó de cimentar el propio Octavio. Tiempo después el viejo le llevó mis trabajos, los que rechazó de entrada, es cierto también que tiene sus veleidades. El viejo insiste. La natural coquetería de Doña Alba la doblega una vez más y con la misma pasión de quien va a tomarse una purga termina aceptándome como aprendiz de escritor, ¿ aprendiz de brujo? . En esto hago mención a dichos por ella cuando me tomó confianza, en especies de revelaciones o confesiones respecto a como me recibió.
El Fin
Sorprendente e inesperado
Seguramente consciente ya de mi ineptitud, imaginó la estafa y vaya uno a saber en qué conciliábulo acordaron con el viejo la artimaña para aumentar la infinita confusión, ya de por sí imperante en nuestro cosmos, con tamaño fraude. No es novedad este divertimento de los intelectuales: Borges y Bioy Casares compusieron un tal Bustos Domec que por ratos supera a ambos, por lo menos en lo que a buen humor e ironía se refiere y por lo que averiguar pude, muchos otros jugaron estos acertijos aunque este, que me concierne es inadmisible y los desenmascaro ya y de una buena vez y para siempre: Alba y Octavio culpables, claro que detrás de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia “ se esconde la impunidad de uno de los más perversos delitos que aquilata la soberbia humana en la intención de emular a Dios: “ Crear un ser, una entidad etérica pero entidad al fin, una creatura, o una criatura”
Lo anteriormente dicho es el cuento y su gesta, pero lo que sigue es la realidad: ese par de perversos confiaron inocentemente en que yo, vencido por la vanidad nunca hablaría, además teníamos de agravante el “cómplice necesario” aunque tanto se ampararon en la cláusula “cualquier parecido es pura coincidencia”, tanto va el búcaro a la fuente que… finalmente la olvidaron, por lo que nunca imaginaron que treinta y tres años después me les volviera en contra diciendole al mundo " yo soy el Golem literati".
Jorge Namur, Aconquija Catamarca, verano de 2010
Además, ni mientes que el número de consumidores literarios vaya a incidir en el rumbo de los acontecimientos: Hoy por hoy muy pocos leen y los que lo hacen, ni suman a la hora del recuento de votos. Y esa especie de analfabetismo funcional de gente que no intelectualiza lo leído, simple y llanamente por ” falta de ejercicio” es una de las precisas razones del extravío que lleva al mundo a la deriva: Nos dirigen los versados, más preciso sería llamarlos impostores, que en nada recuerdan a los sabios de antaño, cuyas efigies erosionaba el cultivo de las virtudes.
Así tranquila mi conciencia, diga lo diga... nunca cundirá el pánico por la noticia, como ocurrió con la muerte del rey del Pop o con las borracheras y extravíos de Britney pero sin más circunloquios y sirva de muestra lo antedicho para corroborar lo que se dirá a posteriori que es la verdad, declaro: ¡No Existo!, Perdón, literariamente hablando, de lo contrario sería imposible que estuviera comunicando todo lo que voy a contar: Efectivamente soy un invento que pergeñaron dos escritores para que ocupara un sitial privilegiado en la literatura aunque sólo por recomendaciones: El viejo Octavio, original culpable de esta ficción, quien componiendo sincera y largamente ensayada mirada soñadora, acostumbra a referirse a mí recordándome como un niño con su teatro de títeres a cuestas, muchos elaborados con papel maché, para los que improvisaba mis propias historias: sensiblerías de maestro rural, o le habrá gustado la función de ese día, pero sospecho que por entonces se le ocurrió eso de que yo sería escritor: invitado por él hice mi primer taller literario en la adolescencia y cuando ameritó que ya era tiempo, por su encomienda pasé a manos de otra de mis creadoras, cómplice necesaria aunque sospecho que ella sentirá alivio en su conciencia pensando en la figura del “arrepentido”. Ella es quizá la mayor responsable de la pública estafa que en apariencia no tiene sanción legal: ella, Doña Alba, viciosa ficcionista, que, simétricamente con el viejo Octavio, repite un poco en sorna, que mi cuento ”Nieblas “ es uno de los más densos de la literatura universal, algo difícil de explicar por su sustancia tan leve como lo es el vapor, pero es que con estas menudencias ríen a expensas del crédulo público pero al margen de esta perorata o elucubraciones para distraer como el tero gritando por un lado, mientras los huevos están en otro, es verdad que soy simplemente una elucubración literaria de ambos y los denuncio harto ya de sostener esta mentira y por acaso comenzarán a entenderme si ven mi incapacidad de urdir la más simple historia: ¿ quién osaría usurpar un sitial en semejante escenario durante tantos años? la candorosa inocencia de la gente se lleva sin esfuerzo buena parte de estas razones y es a ojos visto, por los resultados electorales y los gobernantes que eligen, obvio que no disciernen gran cosa. Pero respecto a estos dos cínicos que hicieron de mi un golem literario, ellos sonríen con misteriosa sonrisa de Gioconda, propia de los que algo ocultan y divertidos por burlar otra vez más al incauto lector con un ingenio que a la postre debería ser develado, o permanecer en cripta hasta el fin de los tiempos-
Otra versión posible sería que la única culpable es Alba, ya que hasta el mismo Octavio nació de su galera: se sabe que otras escritoras usaron galeras, en este momento alcanzo a rememorar los nombres de George Sand y de Daniell Stend o Stenrz, o como haya sido, aunque aquellas galeras fueran para esconder el sexo ya que por entonces se sentían discriminadas, en cambio la de Alba es una galera de mago o de ocultista, ciencia en la que es versada y si quieren pruebas escritas lean el listado de sus publicaciones y comenzaran a dilucidar por los nombres a que me refiero, verbi gratia “ De lo Demoníaco” nombre que vuelve innecesario cualquier comentario o “ Los Problemas del Mal”, título ostensiblemente demoníaco o “Los Mitos del Agua”, ostensiblemente paganos, hasta otros plagados de infantil inocencia cual Alicia en el país de las Maravillas escondiendo una demoníaca identidad, verbi gratia “Los Otros Ojos” o “Por el Tobogán del Arco Iris”, Etcétera. Tras haber referido pruebas testimoniales orales y escritas que hasta están colgadas en Internet y sería superfluo pedir una sesión pública de la misma para acceder a cualesquiera de sus muchas páginas que recorren el mundo atrapando en sus redes incautos distraídos paso a contar la gestación del cuento por ellos cometido como la pérfida Alba refiere al comentar algunas obras. A esta obra cumbre sin dubitaciones titularía Golem literati iniciati.
Como ella misma repite sin cansancio, todo buen cuento debe contar con una Introducción, un nudo y un desenlace o fin. Notarán en la siguiente narración la aparición de los tres elementos por ella sostenidos como imprescindibles en todo buen cuento.
La Introducción
Ubicación espacio temporal.
“ En el principio de los tiempos de Don Octavio como escritor, época en la era un simple ciudadano aunque no tan común, ya que aspiraba a ser escriba público, época en la que el difunto esposo de Doña Alba era director de un abstracto Ente Cultural de la provincia
(Aunque hay visos de realidad es preciso aclarar que ese tiempo espacio es utópico. Además la expresión ente nos circunscribe también al vacío existencial.)
El Nudo
Kafkiano
y estaba a punto de declarar desierto un concurso bienal de literatura por falta de acuerdo entre los miembros del jurado, a lo que a su juego la llamaron pidiéndole que laudara o al menos leyera las obras de los participantes para ayudar a dilucidar si alguno ameritaba el premio. Tras la lectura Alba dice descubrir uno y así saltó a la bien merecida fama que más tarde se ocupó de cimentar el propio Octavio. Tiempo después el viejo le llevó mis trabajos, los que rechazó de entrada, es cierto también que tiene sus veleidades. El viejo insiste. La natural coquetería de Doña Alba la doblega una vez más y con la misma pasión de quien va a tomarse una purga termina aceptándome como aprendiz de escritor, ¿ aprendiz de brujo? . En esto hago mención a dichos por ella cuando me tomó confianza, en especies de revelaciones o confesiones respecto a como me recibió.
El Fin
Sorprendente e inesperado
Seguramente consciente ya de mi ineptitud, imaginó la estafa y vaya uno a saber en qué conciliábulo acordaron con el viejo la artimaña para aumentar la infinita confusión, ya de por sí imperante en nuestro cosmos, con tamaño fraude. No es novedad este divertimento de los intelectuales: Borges y Bioy Casares compusieron un tal Bustos Domec que por ratos supera a ambos, por lo menos en lo que a buen humor e ironía se refiere y por lo que averiguar pude, muchos otros jugaron estos acertijos aunque este, que me concierne es inadmisible y los desenmascaro ya y de una buena vez y para siempre: Alba y Octavio culpables, claro que detrás de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia “ se esconde la impunidad de uno de los más perversos delitos que aquilata la soberbia humana en la intención de emular a Dios: “ Crear un ser, una entidad etérica pero entidad al fin, una creatura, o una criatura”
Lo anteriormente dicho es el cuento y su gesta, pero lo que sigue es la realidad: ese par de perversos confiaron inocentemente en que yo, vencido por la vanidad nunca hablaría, además teníamos de agravante el “cómplice necesario” aunque tanto se ampararon en la cláusula “cualquier parecido es pura coincidencia”, tanto va el búcaro a la fuente que… finalmente la olvidaron, por lo que nunca imaginaron que treinta y tres años después me les volviera en contra diciendole al mundo " yo soy el Golem literati".
Jorge Namur, Aconquija Catamarca, verano de 2010
domingo, 8 de noviembre de 2009
ANGEL SE BUSCA
Al augur que se supone encierra el número trece lo asocio al recuerdo de un compañero cuyo rostro no alcanza mi memoria a recuperar de entre los recuerdos del internado que compartíamos en Córdoba: aquel día me sorprendió durante el recreo previo al almuerzo al exclamar, ¡ Suerte que es miércoles y no martes trece!
Niño entonces, poco había oído sobre vaticinios: pasado los años terminé por escuchar también que este oscuro espíritu se nutre del número formado por Jesús y sus apóstoles.
Al rato de esta inofensiva conversación me citaban desde la portería del inmenso edificio de arquitectura francesa del colegio: un vecino y amigo de mi tío traía la noticia de que mi padre habría sufrido un grave accidente por lo que debería trasladarme a casa de mis parientes para viajar de inmediato a Tucumán.
Pienso que la alocada carrera con la que bajábamos los varios pisos debió de haberme dejado sin aire a lo que se sumaba la devastadora novedad; aunque también recuerdo que la noche previa a tamaño infortunio, tratando de conciliar el sueño, me invadió una dolorosa sensación de vacío al presumir la posible ausencia de mi padre en mi vida, pudo ser una simple casualidad, o es que acaso el pensamiento llega más adelante en el tiempo, anticipándose a los hechos.
Tras el breve diálogo con el vecino, entre los ahogados ecos en las penumbras de la portería, próximos a una nívea estatua de San Juan Bautista de La Salle en amoroso dialogo con una pareja de niños, perdí el sentido por un instante y al volver de ese acercamiento a la nada, tuve la certeza de aquello que debería haber sido sólo una sospecha hasta la noche cuando finalizara el inminente viaje.
Era por entonces que se gestaba el “Cordobaso”, el secuestro y asesinato del ex presidente de facto Aramburu: acontecimiento que desestabilizaba otro gobierno. Se sucedían noctámbulos atentados con bombas en puntos a veces inexplicables, como el de confitería La Oriental; rememoro también aquel avión en las inmediaciones del aeropuerto Pajas Blancas: ese sábado Tío Alberto me buscó para que pasara el fin de semana en su casa y desviándonos del camino nos llevó junto a sus hijos para que viéramos las apenas perceptibles manchas de aceite a las que se habían reducido nave y ocupantes, casi volatilizados, excusando la oculta redundancia, en el aire a unos minutos apenas del despegue; grande fue su sorpresa por la celeridad con la que habían borrado hasta los rumores; pero mi tío era una persona informada en su cargo casi vitalicio de Contador General de la Provincia, comprobaba ahora con ojos vistos que aquellos rumores tenían fundamento.
Alguien supuso que los castos impúberes y hasta los púberes internos del santo colegio también seríamos posibles candidatos para uno de aquellos atentados, por lo que en las noches los mismos hermanos Lasallanos montaban guardia en las altas torres fusil al hombro para impedir que cualquier intruso se escabullera por entre los cipreses de los jardines. Tras este doloroso tumulto volvería la democracia aunque ahora había una generalizada insatisfacción: fue un período breve y confuso en el que sucedieron algunos de los más violentos acontecimientos de nuestra historia. Entre los altibajos producidos por disoluciones y restauraciones de la república, casi como en la búsqueda por acierto y error de una República Utópica, con golpes mechados con democracias y hasta goles, musicalizados con las idílicas propuestas de los Beatles sobre un mundo más libre y amoroso esperanzados en el futuro, se nos fue develando una dolorosa realidad intrínseca a la condición humana pero muy lejana a la utopía de ser la tierra prometida de una preponderante clase media.
“desnutridos”
“ignorantes “
“Desocupados. “
Hoy, más que entonces incluso, la inseguridad es de las más acuciantes preocupaciones del promedio.
Treinta y seis años transcurrieron desde aquel nefasto día sin uno solo de su ausencia en que no lo nombrara o lo pensara, como tratando de llenar ese vacío con vívidos recuerdos de aquel hombre que amó y que se mudó subrepticiamente dejándonos solo su muerto ropaje. Perpetuamente fiel, mi madre me invitó a que le lleváramos flores de aniversario. Púrpura expresión de la natural sensualidad vegetal, la flores se estremecían en su mano caminando apoyada en mi brazo, y ese púrpura irradiaba una luz tenue que cambiaba la lente sobre los objetos.
Por cierto era trece y suerte que ni martes ni miércoles y una sutil luminosidad violeta enmarcaba la escena.
Tras las inocuas letanías que me sumieron en la modorra de la siesta otoñal, arropado en esa sensación de que mi cerebro se quedaba sin sangre, a esa hora en la que podría estar durmiendo, me sustrajo de la somnolencia sin anestesia oírla, no sin horror clamando clemencia a la hora de nuestra muerte amén, finalizadas las oraciones, antes de las que encendimos un par de velas y tras haberles dejado en compañía de esa rara variedad, diferente a las indefinidas de Crisantemos que conozco, emprendimos el regreso por entre las Tuyas y Cipreses percibiendo la triste paz del silbido de aves canoras: invisible Crespín, llorando su desconsuelo entre mausoleos, zorzales entonando sus más sentidas melodías antes del período de receso que les impondrá el incipiente invierno y entonces miré en dirección al osario, al que de niños nos acercábamos con mis hermanos hasta ver las parvas de osamentas como remedo de catacumbas casi a cielo abierto, aunque en los últimos años algún piadoso funcionario hizo emparedar para evitarnos el obsceno espectáculo de la propia muerte en silente carcajada desde el secreto escrutinio de sus órbitas, pero eso es apenas lo mineral, lo denso, aquello que no se evapora sino que se volverá ceniza o tierra, polvo eres y polvo serás para dar continuidad al infinito ciclo.
En las inmediaciones del depósito de osamentas por las que ya nadie paga rentas, esperaba divisar el ángel en enmohecido mármol, con su única ala: la ausente extraviada durante una tormenta. Pero nada de esto que me era familiar ocurrió ni volvería a ocurrir: su ausencia se impuso sin dubitaciones: como un fragoroso desmembramiento o como catarata de huesos triturados cuyo remanso nutre un remolino de cenizas, vislumbré que esa atmósfera que antes lo rodeaba con sus oscuros cipreses abarrotados de musgos a espaldas del osario tenía ahora un hueco, un orificio, un faltante, que solo podría completarse si el ángel reapareciera.
Había permanecido una centuria casi a pie juntillas sobre la cabecera de una de las tumbas aledañas: a escala humana, a un metro y medio del suelo, sobre un ahora trunco pedestal.
Acaso sus Lázaros fueron los custodios de la necrópolis o simplemente se durmieron el día que debió desaparecer, quizá por unas de esas simetrías que salpican de perplejidades nuestros actos fue canjeado por igual cantidad de monedas que Jesús con ellos de inocentes cómplices.
Invadido entonces por esa dolorosa sensación que trae aparejada la pérdida o el despojamiento: simétricamente con lo narrado en el primer trece de este relato, antes de preguntar, sabía la respuesta, tampoco era algo nuevo la desaparición de una estatua.
.
Me dirigí inmediatamente a las oficinas del personal municipal a indagar a los responsables de la seguridad sobre la ausencia de aquel legado que yo sabía a ciencia cierto único, propio y público: junto a la estatua de la libertad en el centro de la plaza principal, eran las dos únicas esculturas de importancia de Concepción de la Ramada con el perdón de la Inmaculada por ser sagrada y según dicen de auténtico quebracho velado por sucesivas capas de estuco y hasta de pintura sintética contemporáneamente.
De mármol era y ni siquiera fue motivo de curiosidad de los periodistas que husmean por doquier removiendo muchas indiscreciones de este buen pretexto para llenar algunas líneas, menos aún de oscuros funcionarios sin el mínimo soplo de ángel, que de remover el avispero iniciarían un revuelo para seguro desprestigio de su gestión y de no venir yo a comprobarlo con mis propios ojos, nunca nadie lo sabría.
El más maduro del par de hombres que apostaban vigilancia sentados en las oficinas contiguas a la entrada al cementerio, casi bostezando ante mi inoportuna intromisión en el opaco cuartucho desde el que a través de unas ventanillas ven pasar el dolor en todas sus escalas tan asiduamente que ni lo perciben, dató la desaparición en una noche del 2004 y su desdén anunciaba por sí mismo que aquello que no revistió importancia entonces, mucho menos tendría que revestirla dos años después.
¿Acaso sería yo el único entre miles en valorarla?
¿El único en sospechar la dimensión de la pérdida entre sesenta mil almas? Pero es obvio que hubo otro más que supo apreciarla.
Ese protector que silente guardaba el sueño intemporal de aquella nativa que había acompañado al inglés en su vida de pionero en los albores del industrialismo era patrimonio de la necrópolis aunque desde ahora irrecuperable y otra porción de la historia aniquilada.
.
. ¿Solamente yo extrañaré su mirada puesta en un cielo más distante que sus manos?
Por la misma época y paradójicamente, en parque Guillermina setenta centímetros de cemento habían ocupado más atención que dos metros de carrara finamente esculpido: una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, desaparecida por dos veces. Cierto es que estas misteriosas desapariciones que alimentaron artículos periodísticos y variadas sospechas fueron superadas tras enrejar la imagen con una proyección de rayos concéntricos que caen desde una paloma que vuela sobre su cabeza.
Mi hijo Tomás seguramente percibiendo mi tristeza por la pérdida, ensayó una explicación que me aportó una alícuota de alegría al imaginarle un destino diferente cuando me sugirió que podría tratarse de una asunción, uno de esos infrecuentes milagros y no de un robo más en la tumultuosa actividad delictiva en la que nos vemos sumergidos desde que nadamos por las aguas del primer mundo a pesar de que los políticos redistribuyen generosamente la riqueza.
Una asunción sería posible sí- ingrávida levitaría entre los oscuros y centenarios Eucaliptos seguramente, sólo los impasibles testigos que mudos asisten al despojamiento de sus propios cuerpos, los pedestres desencarnados deben de haberla percibido al pasar con desplazamiento ágil como el movimiento de una ráfaga entre los árboles que enmarcan el frontis del parque, sin toparse siquiera mucho menos enredarse en el desorden de los cables del iluminado público, volando leve en dirección a las miríadas de astros que salpican la bóveda. Desde donde refleja la luz cósmica como uno más de aquellos, cuidando con amoroso gesto no ahora una nativa que fue amada por un extranjero sino al urbi et orbi.
Niño entonces, poco había oído sobre vaticinios: pasado los años terminé por escuchar también que este oscuro espíritu se nutre del número formado por Jesús y sus apóstoles.
Al rato de esta inofensiva conversación me citaban desde la portería del inmenso edificio de arquitectura francesa del colegio: un vecino y amigo de mi tío traía la noticia de que mi padre habría sufrido un grave accidente por lo que debería trasladarme a casa de mis parientes para viajar de inmediato a Tucumán.
Pienso que la alocada carrera con la que bajábamos los varios pisos debió de haberme dejado sin aire a lo que se sumaba la devastadora novedad; aunque también recuerdo que la noche previa a tamaño infortunio, tratando de conciliar el sueño, me invadió una dolorosa sensación de vacío al presumir la posible ausencia de mi padre en mi vida, pudo ser una simple casualidad, o es que acaso el pensamiento llega más adelante en el tiempo, anticipándose a los hechos.
Tras el breve diálogo con el vecino, entre los ahogados ecos en las penumbras de la portería, próximos a una nívea estatua de San Juan Bautista de La Salle en amoroso dialogo con una pareja de niños, perdí el sentido por un instante y al volver de ese acercamiento a la nada, tuve la certeza de aquello que debería haber sido sólo una sospecha hasta la noche cuando finalizara el inminente viaje.
Era por entonces que se gestaba el “Cordobaso”, el secuestro y asesinato del ex presidente de facto Aramburu: acontecimiento que desestabilizaba otro gobierno. Se sucedían noctámbulos atentados con bombas en puntos a veces inexplicables, como el de confitería La Oriental; rememoro también aquel avión en las inmediaciones del aeropuerto Pajas Blancas: ese sábado Tío Alberto me buscó para que pasara el fin de semana en su casa y desviándonos del camino nos llevó junto a sus hijos para que viéramos las apenas perceptibles manchas de aceite a las que se habían reducido nave y ocupantes, casi volatilizados, excusando la oculta redundancia, en el aire a unos minutos apenas del despegue; grande fue su sorpresa por la celeridad con la que habían borrado hasta los rumores; pero mi tío era una persona informada en su cargo casi vitalicio de Contador General de la Provincia, comprobaba ahora con ojos vistos que aquellos rumores tenían fundamento.
Alguien supuso que los castos impúberes y hasta los púberes internos del santo colegio también seríamos posibles candidatos para uno de aquellos atentados, por lo que en las noches los mismos hermanos Lasallanos montaban guardia en las altas torres fusil al hombro para impedir que cualquier intruso se escabullera por entre los cipreses de los jardines. Tras este doloroso tumulto volvería la democracia aunque ahora había una generalizada insatisfacción: fue un período breve y confuso en el que sucedieron algunos de los más violentos acontecimientos de nuestra historia. Entre los altibajos producidos por disoluciones y restauraciones de la república, casi como en la búsqueda por acierto y error de una República Utópica, con golpes mechados con democracias y hasta goles, musicalizados con las idílicas propuestas de los Beatles sobre un mundo más libre y amoroso esperanzados en el futuro, se nos fue develando una dolorosa realidad intrínseca a la condición humana pero muy lejana a la utopía de ser la tierra prometida de una preponderante clase media.
“desnutridos”
“ignorantes “
“Desocupados. “
Hoy, más que entonces incluso, la inseguridad es de las más acuciantes preocupaciones del promedio.
Treinta y seis años transcurrieron desde aquel nefasto día sin uno solo de su ausencia en que no lo nombrara o lo pensara, como tratando de llenar ese vacío con vívidos recuerdos de aquel hombre que amó y que se mudó subrepticiamente dejándonos solo su muerto ropaje. Perpetuamente fiel, mi madre me invitó a que le lleváramos flores de aniversario. Púrpura expresión de la natural sensualidad vegetal, la flores se estremecían en su mano caminando apoyada en mi brazo, y ese púrpura irradiaba una luz tenue que cambiaba la lente sobre los objetos.
Por cierto era trece y suerte que ni martes ni miércoles y una sutil luminosidad violeta enmarcaba la escena.
Tras las inocuas letanías que me sumieron en la modorra de la siesta otoñal, arropado en esa sensación de que mi cerebro se quedaba sin sangre, a esa hora en la que podría estar durmiendo, me sustrajo de la somnolencia sin anestesia oírla, no sin horror clamando clemencia a la hora de nuestra muerte amén, finalizadas las oraciones, antes de las que encendimos un par de velas y tras haberles dejado en compañía de esa rara variedad, diferente a las indefinidas de Crisantemos que conozco, emprendimos el regreso por entre las Tuyas y Cipreses percibiendo la triste paz del silbido de aves canoras: invisible Crespín, llorando su desconsuelo entre mausoleos, zorzales entonando sus más sentidas melodías antes del período de receso que les impondrá el incipiente invierno y entonces miré en dirección al osario, al que de niños nos acercábamos con mis hermanos hasta ver las parvas de osamentas como remedo de catacumbas casi a cielo abierto, aunque en los últimos años algún piadoso funcionario hizo emparedar para evitarnos el obsceno espectáculo de la propia muerte en silente carcajada desde el secreto escrutinio de sus órbitas, pero eso es apenas lo mineral, lo denso, aquello que no se evapora sino que se volverá ceniza o tierra, polvo eres y polvo serás para dar continuidad al infinito ciclo.
En las inmediaciones del depósito de osamentas por las que ya nadie paga rentas, esperaba divisar el ángel en enmohecido mármol, con su única ala: la ausente extraviada durante una tormenta. Pero nada de esto que me era familiar ocurrió ni volvería a ocurrir: su ausencia se impuso sin dubitaciones: como un fragoroso desmembramiento o como catarata de huesos triturados cuyo remanso nutre un remolino de cenizas, vislumbré que esa atmósfera que antes lo rodeaba con sus oscuros cipreses abarrotados de musgos a espaldas del osario tenía ahora un hueco, un orificio, un faltante, que solo podría completarse si el ángel reapareciera.
Había permanecido una centuria casi a pie juntillas sobre la cabecera de una de las tumbas aledañas: a escala humana, a un metro y medio del suelo, sobre un ahora trunco pedestal.
Acaso sus Lázaros fueron los custodios de la necrópolis o simplemente se durmieron el día que debió desaparecer, quizá por unas de esas simetrías que salpican de perplejidades nuestros actos fue canjeado por igual cantidad de monedas que Jesús con ellos de inocentes cómplices.
Invadido entonces por esa dolorosa sensación que trae aparejada la pérdida o el despojamiento: simétricamente con lo narrado en el primer trece de este relato, antes de preguntar, sabía la respuesta, tampoco era algo nuevo la desaparición de una estatua.
.
Me dirigí inmediatamente a las oficinas del personal municipal a indagar a los responsables de la seguridad sobre la ausencia de aquel legado que yo sabía a ciencia cierto único, propio y público: junto a la estatua de la libertad en el centro de la plaza principal, eran las dos únicas esculturas de importancia de Concepción de la Ramada con el perdón de la Inmaculada por ser sagrada y según dicen de auténtico quebracho velado por sucesivas capas de estuco y hasta de pintura sintética contemporáneamente.
De mármol era y ni siquiera fue motivo de curiosidad de los periodistas que husmean por doquier removiendo muchas indiscreciones de este buen pretexto para llenar algunas líneas, menos aún de oscuros funcionarios sin el mínimo soplo de ángel, que de remover el avispero iniciarían un revuelo para seguro desprestigio de su gestión y de no venir yo a comprobarlo con mis propios ojos, nunca nadie lo sabría.
El más maduro del par de hombres que apostaban vigilancia sentados en las oficinas contiguas a la entrada al cementerio, casi bostezando ante mi inoportuna intromisión en el opaco cuartucho desde el que a través de unas ventanillas ven pasar el dolor en todas sus escalas tan asiduamente que ni lo perciben, dató la desaparición en una noche del 2004 y su desdén anunciaba por sí mismo que aquello que no revistió importancia entonces, mucho menos tendría que revestirla dos años después.
¿Acaso sería yo el único entre miles en valorarla?
¿El único en sospechar la dimensión de la pérdida entre sesenta mil almas? Pero es obvio que hubo otro más que supo apreciarla.
Ese protector que silente guardaba el sueño intemporal de aquella nativa que había acompañado al inglés en su vida de pionero en los albores del industrialismo era patrimonio de la necrópolis aunque desde ahora irrecuperable y otra porción de la historia aniquilada.
.
. ¿Solamente yo extrañaré su mirada puesta en un cielo más distante que sus manos?
Por la misma época y paradójicamente, en parque Guillermina setenta centímetros de cemento habían ocupado más atención que dos metros de carrara finamente esculpido: una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, desaparecida por dos veces. Cierto es que estas misteriosas desapariciones que alimentaron artículos periodísticos y variadas sospechas fueron superadas tras enrejar la imagen con una proyección de rayos concéntricos que caen desde una paloma que vuela sobre su cabeza.
Mi hijo Tomás seguramente percibiendo mi tristeza por la pérdida, ensayó una explicación que me aportó una alícuota de alegría al imaginarle un destino diferente cuando me sugirió que podría tratarse de una asunción, uno de esos infrecuentes milagros y no de un robo más en la tumultuosa actividad delictiva en la que nos vemos sumergidos desde que nadamos por las aguas del primer mundo a pesar de que los políticos redistribuyen generosamente la riqueza.
Una asunción sería posible sí- ingrávida levitaría entre los oscuros y centenarios Eucaliptos seguramente, sólo los impasibles testigos que mudos asisten al despojamiento de sus propios cuerpos, los pedestres desencarnados deben de haberla percibido al pasar con desplazamiento ágil como el movimiento de una ráfaga entre los árboles que enmarcan el frontis del parque, sin toparse siquiera mucho menos enredarse en el desorden de los cables del iluminado público, volando leve en dirección a las miríadas de astros que salpican la bóveda. Desde donde refleja la luz cósmica como uno más de aquellos, cuidando con amoroso gesto no ahora una nativa que fue amada por un extranjero sino al urbi et orbi.
sábado, 7 de noviembre de 2009
lunes, 3 de agosto de 2009
UNIGENITO
Fue por aquel entonces cuando ayudaba a mi hermano en el cultivo de tabaco, razón por la que tuve que trasladarme a vivir al campo. A veces, para sobrellevar lo más placenteramente posible los tórridos veranos que se acompañaban del consabido aislamiento familiar, tenía el pasatiempo de alternar con los lugareños después de la jornada de trabajo. De tanto en tanto visitaba un campo vecino donde una anciana tenía establecido un matriarcado en el que los numerosos miembros de tres o más generaciones de su familia trabajaban bajo su dirección: también eran tabacaleros y hacendados: del ordeñe, elaboraban quesos y quesillos para la venta, la artesanía inmaculada era el asiento de su economía y también el buen pretexto para mis recurrentes visitas,
Uno de esos veranos llamó mi atención un pájaro enjaulado que salvo pequeñas áreas; el pico y las patas de color castaño, el resto, en especial el plumaje era de absoluto blanco.
Viéndolo de lejos, supuse que sería un bollero: tímidas y solitarias, escurridizas e insectívoras aves a las que siempre añoré ver de cerca aunque sin éxito. Me precipité sobre la novedad, arrobado tanto por su conspicua belleza como por la posibilidad de contemplar de cerca eso que siempre me apareció tan distante.
La matriarca, acostumbraba a interponerse entre los integrantes de su familia y los forasteros, oficiando invariablemente de interlocutora, filtrando de paso en tan precavido trámite cualquier intercambio de ideas que pudiera alterar el cerrado cerco de interrelaciones con el resto de la dinastía.
Al inquirirla sobre el pájaro, me deslumbró con la realidad de que se trataba de un zorzal: nacido en una nidada en la higuera de su propio patio, esa que hacía sombra sobre el corral donde se llenaban los búcaros de leche para los cuajos y más tarde prensado de los quesos.
Aunque éste se había distinguido de sus hermanos por ser albino.
En el mismo instante de su relato iba entendiendo que me hallaba frente a una rara excepción, aún más, a una casi imposible excepción, y esto me cautivó. Aunque también me llenó de un raro, vago, recóndito presentimiento... Inmediatamente le propuse la compra.
La sabia más que octogenaria que no en vano había apagado ochenta y seis más ochenta y cinco, más ochenta y cuatro y así sucesivamente, hasta llegar a las primeras lo que totaliza algo así como tres mil setecientas cuarenta y un velitas en todos sus años, pero a estas últimas no las contemos porque fueron apagadas por interpósitas personas. Obviamente tenía que negarse, no de vicio había visto nacer y morir el día tantas veces y sospecharía acertadamente que era invaluable. Tampoco era tan fácil como ir al almacén de la esquina a preguntar por el precio de una docena de zorzales albinos.
La siguiente temporada veraniega me imponía volver tras los cultivos y retomar mis rutinas y entre ellas la de la búsqueda de quesos, o era acaso por esa entrañable curiosidad que siempre me hizo desear conocer el interior de cada vivienda, echar de cerca una ojeada a los secretos arcanos de cada familia.
Al llegar lo primero que hice fue preguntar por el ave.
La vieja matriarca comenzó contándome algo que ya sabía: parte de la familia, trasladándose en un vehículo desde La Cocha a Huasa Pampa sur, habían sufrido un accidente: uno de sus hijos murió aquella noche.
No faltó el vecino que supo interpretar en la llegada del ave a la casa un mensaje: un anuncio, una especie de oráculo que vaticinaba la futura desgracia
Esa noche también se alteraría el destino del pájaro, cuando la vieja, en un rapto de furia venida más seguro de su declinante autoridad senil que de la certidumbre sobre la culpabilidad del ave, decidió sacrificarla.
Al respecto nada es seguro. Una de sus hijas o ahijadas me contó que a último momento el animal escapó de sus manos justo cuando iba a desintegrarlo de un apretón
Seguramente huyó aterrado, describió incluso parte de la fuga aunque los detalles me llenaron de dudas.
Dicen que su vuelo, había dejado una infinita estela de plumas blancas que flotaba muchos días después por cualquier parte: en las casas del vecindario, en la cocina campestre; entremezclada con las cenizas del fogón entre las tortillas al rescoldo o incluso en el interior de los quesos de tan cuidada elaboración.
Dicen los niños de la casa que en el tornasolado lechoso de aquellas plumas, reflejados en los brillos se podían adivinar antiguos animales, seres extinguidos: un jaguareté, o en otras un tapir, en algunas se veían tucanes volando entre los ramajes de las selva. Toda una fauna de seres desaparecidos hacía ya mucho tiempo hasta de la memoria.
Reinaldo, el fiel capataz del campo asegura que todavía aparece cada temporada
Otra de las hijas ahijadas o lo que fuere me dio otra versión
El ave se escabulló sí, para escapar dejando a su paso una infinita estela de plumas blancas que fosforecieron en las sombras de la noche en dirección a la negra bóveda solo llenada por la luz infinita de una luna llena portentosa y glacial que envuelta en iridiscente ropaje de muselinas y gasas anunciaba la pesada helada que entreteje la noche.
Cierto atardecer mirando la puesta de sol tras Los Andes, alcancé a oír el inconfundible canto de un zorzal entre el ramaje de las moras, a esa hora las luces son casi una penumbra de oro purpúreo que se asienta sobre el paisaje y los objetos, una luz en descenso. En paulatino apagarse, amortiguarse. Un crescendo a la inversa como un pianísimo.
Creo haberlo visto por un instante, desprovisto de pigmento, una ausencia de color, una blanca salpicadura entre el verde antes de que se escabullera en dirección a la vecina selva.
Uno de esos veranos llamó mi atención un pájaro enjaulado que salvo pequeñas áreas; el pico y las patas de color castaño, el resto, en especial el plumaje era de absoluto blanco.
Viéndolo de lejos, supuse que sería un bollero: tímidas y solitarias, escurridizas e insectívoras aves a las que siempre añoré ver de cerca aunque sin éxito. Me precipité sobre la novedad, arrobado tanto por su conspicua belleza como por la posibilidad de contemplar de cerca eso que siempre me apareció tan distante.
La matriarca, acostumbraba a interponerse entre los integrantes de su familia y los forasteros, oficiando invariablemente de interlocutora, filtrando de paso en tan precavido trámite cualquier intercambio de ideas que pudiera alterar el cerrado cerco de interrelaciones con el resto de la dinastía.
Al inquirirla sobre el pájaro, me deslumbró con la realidad de que se trataba de un zorzal: nacido en una nidada en la higuera de su propio patio, esa que hacía sombra sobre el corral donde se llenaban los búcaros de leche para los cuajos y más tarde prensado de los quesos.
Aunque éste se había distinguido de sus hermanos por ser albino.
En el mismo instante de su relato iba entendiendo que me hallaba frente a una rara excepción, aún más, a una casi imposible excepción, y esto me cautivó. Aunque también me llenó de un raro, vago, recóndito presentimiento... Inmediatamente le propuse la compra.
La sabia más que octogenaria que no en vano había apagado ochenta y seis más ochenta y cinco, más ochenta y cuatro y así sucesivamente, hasta llegar a las primeras lo que totaliza algo así como tres mil setecientas cuarenta y un velitas en todos sus años, pero a estas últimas no las contemos porque fueron apagadas por interpósitas personas. Obviamente tenía que negarse, no de vicio había visto nacer y morir el día tantas veces y sospecharía acertadamente que era invaluable. Tampoco era tan fácil como ir al almacén de la esquina a preguntar por el precio de una docena de zorzales albinos.
La siguiente temporada veraniega me imponía volver tras los cultivos y retomar mis rutinas y entre ellas la de la búsqueda de quesos, o era acaso por esa entrañable curiosidad que siempre me hizo desear conocer el interior de cada vivienda, echar de cerca una ojeada a los secretos arcanos de cada familia.
Al llegar lo primero que hice fue preguntar por el ave.
La vieja matriarca comenzó contándome algo que ya sabía: parte de la familia, trasladándose en un vehículo desde La Cocha a Huasa Pampa sur, habían sufrido un accidente: uno de sus hijos murió aquella noche.
No faltó el vecino que supo interpretar en la llegada del ave a la casa un mensaje: un anuncio, una especie de oráculo que vaticinaba la futura desgracia
Esa noche también se alteraría el destino del pájaro, cuando la vieja, en un rapto de furia venida más seguro de su declinante autoridad senil que de la certidumbre sobre la culpabilidad del ave, decidió sacrificarla.
Al respecto nada es seguro. Una de sus hijas o ahijadas me contó que a último momento el animal escapó de sus manos justo cuando iba a desintegrarlo de un apretón
Seguramente huyó aterrado, describió incluso parte de la fuga aunque los detalles me llenaron de dudas.
Dicen que su vuelo, había dejado una infinita estela de plumas blancas que flotaba muchos días después por cualquier parte: en las casas del vecindario, en la cocina campestre; entremezclada con las cenizas del fogón entre las tortillas al rescoldo o incluso en el interior de los quesos de tan cuidada elaboración.
Dicen los niños de la casa que en el tornasolado lechoso de aquellas plumas, reflejados en los brillos se podían adivinar antiguos animales, seres extinguidos: un jaguareté, o en otras un tapir, en algunas se veían tucanes volando entre los ramajes de las selva. Toda una fauna de seres desaparecidos hacía ya mucho tiempo hasta de la memoria.
Reinaldo, el fiel capataz del campo asegura que todavía aparece cada temporada
Otra de las hijas ahijadas o lo que fuere me dio otra versión
El ave se escabulló sí, para escapar dejando a su paso una infinita estela de plumas blancas que fosforecieron en las sombras de la noche en dirección a la negra bóveda solo llenada por la luz infinita de una luna llena portentosa y glacial que envuelta en iridiscente ropaje de muselinas y gasas anunciaba la pesada helada que entreteje la noche.
Cierto atardecer mirando la puesta de sol tras Los Andes, alcancé a oír el inconfundible canto de un zorzal entre el ramaje de las moras, a esa hora las luces son casi una penumbra de oro purpúreo que se asienta sobre el paisaje y los objetos, una luz en descenso. En paulatino apagarse, amortiguarse. Un crescendo a la inversa como un pianísimo.
Creo haberlo visto por un instante, desprovisto de pigmento, una ausencia de color, una blanca salpicadura entre el verde antes de que se escabullera en dirección a la vecina selva.
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