martes, 8 de enero de 2013

EL TAO


  1. El tao

     

    Nace el tiempo
    Le precede la material obscuridad,
    El silencio incalificable                                                            
    El frío absoluto
    Entre la nada, sólida esfera desafiando la monotonía
    No mayor que una pelota para juegos

    Cesa el silencio
    Aquí y ahora cesa el silencio
    ¿El big-bang?
    ¿El verbo?

    Central vocifera en infinitas direcciones
    Vibrando ardiente y uniendo la oscuridad y la materia con cuerdas energéticas
    Y por esa ingenuidad que llamamos movimiento perpetuo
    El corazón late
    La marea se levanta
    Y los astros iluminan cada noche
    atizando los ciclos del amor
                  
    Jorge J. Namur
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viernes, 12 de octubre de 2012

DICE MI MADRE QUE DIJERON QUE DECÍAN


DICE MI MADRE QUE DIJERON QUE DECÍAN
Que aquello debió comenzar esa vez  en que la vieja llevó a la nieta de acompañante y se entretuvo  conversando naderías: Raro, siendo de tan pocas palabras. Mientras se distrajo, él debió de  mirarla: Era linda.  Una nena a la que le  faltaba algún diente aún, pero ya jugaba a ruborizarse los pómulos, los labios y a sombrearse los ojos: Se retorcía sonriente, quizá avergonzada.
Ni la  aguda y peregrina voz del gallo, audible desde gran distancia llega hasta nuestro fundo. Es  que el próximo vecino dista a una legua, lo suficiente para  que ni el ladrido de sus perros se escuche.
  Aquí mismo, lindante al jardín materno: Huerto cercado por arbustos y protegido por una hondonada que amaina la perenne ventisca. La antigua casa paterna de adobe, con techos de paja cubiertos de arcilla, al que todos los años hay que curarle las grietas que produce  la temporada de  lluvias: seguirán habitándola en verano, cuando  arriban a pasar la temporada de calor en el llano.
Aquí mismo, al lado del camposanto, al ladito del arroyo musgoso donde los congrios esconden su timidez bajo las piedras fonderas: la casa con su galería, con sus dormitorios contiguos, el cuarto de herramientas; separada de la vivienda, la cocina con su fogón, más allá el cuarto del telar, el excusado y la pirca pretéritamente levantada  en trabajo comunitario, delimitando el terreno: más allá los frutales y más allá el campo para cultivos de alguna pastura para la hacienda o algunas papas para el invierno. Con las manzanas cosechadas en otoño, reservadas en el piso, esperando la escasez del invierno para su consumo: porque aquí  es la puerta de los vientos: es por donde  pasan en dirección al valle que se abre ríos abajo: Ese poder nos cuela los huesos en invierno y nos refresca en  verano. Corre sin fronteras, trasladando las buenas tierras de la superficie hacia los cauces de agua, o arrastrando arenisca hasta sepultar construcciones y árboles, al filo del cerro de la carreta. Reseca, deshidrata  la fruta hasta convertirla en pasas, barre sedosas rojas flores de cactus incrustados entre las rocallas lindantes al canal   de agua de deshielo, atraviesa la estival estación   limpiando de insectos el aire: los frutales cargan ocasionalmente frutos, que caerán sobre el terreno hollado por la hacienda caprina, que desbocada invade buscando en el ralo verde  los anaranjados damascos de diciembre, o los rojos manzanos en otoño revueltos entre ignorados, ácidos membrillos, o nueces desmadradas, cuando el invierno apaga hasta la  ínfima brizna de césped.
Lo que alguna vez fue una extensa finca, la de los Ocampo, parte del extenso terreno de los abuelos,  subdividido sucesivamente de generación en generación: Majadas prolíficas se desparraman por entre pajonales silbadores, buscando la ladera donde la humedad permitió crecer pastos entre carquejas y salvias, donde  los suris hacen sus pródigos nidos de huevos antediluvianos.
Por esos parajes merodean durante el día  los perros pastores, vigilando majadas, seguidos por los niños que las guían entre tréboles floridos hacia el pastoreo. Allende las cumbres Los Chavarrías, entre los humedales montanos.
Antes que nos, los ancestros, los antiguos, habitaron este territorio. Sus huellas abundan por donde se ande: En los huertos, utilizados para bebederos de animales, antiguos morteros: no hay casa que no tenga su”conana”. O por los  campos donde se desperdigan infinitos fragmentos de cerámicas: las monocromas utilitarias, las polícromas ceremoniales con guardas. El  paisaje, la geografía, muestran recónditos vestigios: A veces, imprevistamente atravesando un cauce, uno puede toparse con milenarios dioses desenterrados por las crecientes de sus dosmilveranosotoñosinviernosprimaveras: suplicantes en piedra, en genuflexión, soplando  al cielo, procreando: fertilidad, renovación: vida eterna en sus dioses. Muy distante del Dios ha muerto contemporáneo: desaparición, muerte eterna. De la nada venimos, en ella vivimos y a ella aspiramos.
También en el paisaje abundan sus huellas: tapadas en forma de túmulos por la incansable erosión eólica,  como pequeños cráteres ocultados por la tierra durante centurias  o milenios,  divisables desde lejos: serían los restos  dejados por una familia de aquellas dispersas poblaciones: Cinco o seis viviendas, alrededor de un patio, componían el núcleo  familiar: enterrados debajo de las casas, los óseos restos de los ancestros, ovillados en torno al plexo solar, enrollados como el embrión en la semilla, protegiendo el hueco áurico para que ningún elemental intentara apropiarse del cuerpo físico,  abandonado por el vital: encriptado en el interior de su urna, ornada de sagrados  saurios, como en una gran matriz, durmiendo para la eternidad, arropados, custodiados,  reverenciados  por sus deudos en  superficie: semillas res guardadas de los elementos por la madre tierra, esperando  yosoylaresurrecciónylavidaamén.
Rodeado de lomadas suaves o abruptas, zanjado de quebradas rocosas, casi en el  mismo seno en el que mi madre me parió. Barrido incansablemente por el sempiterno viento.
Aquí,  la noche aterra por la inmensidad de astros titilantes, erráticos: El  absoluto barroco de parpadeos milenarios, satura la negra bóveda. También  aquellos que traspasan la noche hasta desaparecer antes de dilucidar si se trata de un milagro o es que acaso el cielo comienza a desmoronarse, dejando descolgar sus astros: Los astros siempre preceden, dicen  y creería que también suceden a los hechos: Inmersos en el hueco silencio, se descuelgan, tras largo recorrido, desde el explosivo núcleo de la creación: al fin y al cabo, al igual que nosotrostureinoamén. Viajando entre elalfaylaomega, entre principio y el fin, entre la explosión y la implosión: Tiempo, espacio, uno. Trinidad: La divina trilogía: tres en uno: Unidad.
De día se oye el balido de cabras berrando por verde, dulcificado por el trino de los San Vicente, entre escasos algarrobos supérstites a la necesidad de leña pretérita que llevó a talar a sus ausentes compañeros, exhiben audacia los espinillos en el vértigo de los despeñaderos donde el animal no llega ni con su proverbial equilibrio: berrean por los campos husmeando entre pircas satinadas de líquenes adormilados en la luminosidad del cenit del estío, olfateando hasta encontrar  pasadizos para introducirse en  algún huerto y arremeter contra frutales si es que acaso es buen año: sólo a la muña muña  respeta, quizá por su fuerte aroma, el resto del verde será ramoneado sin clemencia, casi nerviosamente como el  ulular del aire, como el arrullo de los álamos reflejando platinados la luminosidad  del verano, entre balidos. Más allá, los distantes pastizales reclinados bajo el incesante viento en dirección al valle. Alguna vez se paraliza por  la canícula primaveral y una sensación sofocante invade junto a lagartos asoleados la siesta. Enceguecedora luminosidad ciñe el entrecejo, deslumbrado, rebalsado, desbordado por la energía que traspasa la atmósfera.
Por aquello de que a todo período luminoso le sucede otro oscuro, es que de aquellas imágenes de la infancia en la casa con mis padres: los recuerdos de la edad escolar, de los fríos  que preceden el receso invernal. Toda aquella época y sus recuerdos, son  pura luz.
En el huerto jardín, hubo rosas perfumadas, dalias amarillas y gladiolos naturalizados entre damascos y  ciruelos. Olmos proliferando de raíz en el zanjón lindante al arroyo,   el musgoso arroyo en el que viven unos  cuantos congrios y cangrejos: crecerá con las lluvias del verano, arrastrando la furia despierta entre el desierto y las montañas. Se cristalizará paralizando el lento flujo del agua en la gélida noche de invierno, cuando el silencio invade el frío.
Para la estación de la fruta poníamos damascos,  manzanas,  ciruelos a deshidratar al sol y al aire. Unas zarandas de tientos entramados servían para ventilarlos. Cerca del rumor del arroyo: Esa voz es la voz del hogar, ese sonido de agua que no es la de consumo  humano. Sirve sí para lavar. Ese arrullo, acompañado por el perenne bisbisear del infatigable viento: mezclado con infinitas voces, quedas, casi indescifrables que parecen llegar de diferentes direcciones: hojas y ramajes de álamos, sauces y olmos vibrando, parpadeando en el inquieto aire, o son acaso otras intraducibles, indescifrables.
 El agua potable, en cambio, desciende entre las nubes y el hielo desde las cumbres del nevado, aunque recientemente, oportunistas, sin derechos sobre ellas, hayan desviado su curso para regar chacras y alfalfares: fue mi padre quien caló la roca y guió desde muy lejos ese curso para abastecer la casa y regar por acequias los frutales. 
Los días parecen sucederse sin cambios, sólo de estaciones está hecho el año: verano es cuando las majadas irrumpen en el silencio o en el viento que es lo que abunda junto con  las piedras: sol, piedras, viento y  soledad. Interrumpida por segundos en el día, cuando los güilis, con sus  niñerías, hondeando mirlos pasan con sus perros a arrear la hacienda.
El deshacer del camino los volverá a traer de regreso, sumados  ya los balidos y los ladridos más las voces y gritos, se volverá compañía, efímera, pero al fin compañía e incomodidad por la fugaz, superflua, algarabía.
 Ayer mismo, Don Clemente deambulaba los campos con sus lazos y hasta su caballo. Es sabido: un fantasma no necesitaría montura, tampoco andaría persiguiendo  animales extraviados en el caer de la tarde, porque ya un difunto no ha menester de nada, ni mucho menos tiene de qué preocuparse, dicen.
Doña Carmen, la mujer del viejo, siempre pasa sin saludar. Es de poco hablar. Parca como ninguno. Ya de antes, por obligación, a todo ¿cómo le va? contestaba, y… regular, nomás. Tirando para no aflojar. Y quedarse parada mirándote con ojos indiferentes que parecen estar a punto de gritar hartazgo o ¡y a mí qué me importa! Sostenidos por párpados suculentos que enmarcan el negro humor de sus iris.
 Después del regular nomás… ¿Para qué seguir preguntando?  Pasemos a hablar de quesillos o panes caseros y hasta de antiguallas antes que seguir con intromisiones. Morena y  vieja, aunque no lleva canas: Demasiado seria, le juega en contra: pocos la quieren por estos lados.
Otro que también volvió por estos días, Cirilo: dicen se había ido sin avisar a nadie: ¡Qué alegría para su madre!
 Doña Justina no quiso ni nombrarlo por ese tiempo en que estuvo desaparecido. Por entonces se le murió el alazán en el que podían ir a buscar las provisiones. Dejamos de verla, sólo el día de las ánimas se aparece con sus flores de papel: rosas o claveles de crep  cuyos colores se irán desvaneciendo bajo los soles y tormentas del verano posterior: las coronas ancladas en  uno de los brazos de la cruz, bajo la portentosa luminosidad de estas altitudes: única manera de evitar que el viento se apropie de las flores.
Es esa la época en que todos nos encontramos en torno a nuestros antepasados: Las tumbas se iluminan de colores y voces que quedas ordenan el familiar rito fúnebre: Desmalezado, limpieza, ordenamiento de las vituallas del ausente, repintadas de las cruces o de los nichos que resistirán el embate incesante del vendaval: a los prematuramente retirados de la vida, sus juguetes preferidos. A los adultos, los colores del club de su fanatismo en algunos, en otros, desvanecidas fotos: réplicas  del cuerpo físico, en dos dimensiones, las más de las veces un mutilado retrato tan desalmado como los restos cenicientos del fotografiado que descansan debajo del cristiano gnomon. Unas velas encendidas a buen resguardo para que su lumbre eleve las oraciones al altísimo, para que esa luz alumbre en la oscuridad, la dirección del viaje.
Mientras el cuerpo físico continúa su peregrinaje entre materia y energía, convirtiéndose en cenizas, y  postreramente, transmutado en elementos, volver formando parte de las mismas Gazanias silvestres o de las Zinnias peruvianas in situ, que tímidamente parecen buscar lugar en la hierba, entre los accidentes del relieve y las tumbas.
 Simétricamente Junto a los párvulos de las antiguas sepulturas, los ancestros también ofrendaban pequeñas mascotas en piedra o cerámicas cocidas, a sus niños en ese viaje: simplificada imagen de un zorro en blanco cuarzo, sintética llamita en piedra,  palomas de terracota seguramente cocidas sobre el rescoldo del fogón: amorosamente trabajada, la arcilla, la piedra: los artesanos modelaban sus votivos vasos ceremoniales: hombrecitos gateando: de panza sobre el suelo: yosoylaresurrecciónylavida.
 El tiempo podría ser circular, porque ahora mismo todo parece repetirse: lindero al jardín está  el Campo Santo: fue Catalina la que donó ese espacio de los antepasados  para los antepasados: Allí enterró al primer marido, Decía también que quería ir allí con él,  el día que le tocara. Al segundo, lo enterró en el de La Alumbrera. Era de sospechar que querría pasar su eternidad enlazada como la urdimbre y la trama de sus ponchos y labores, con quien fuera el primero. Me lo dijo varias veces pensando que sería yo el albacea de sus restos: Una pareja puede convivir una vida sin amarse, por simple conveniencia. Es posible el respeto, sí, pero esa magia llamada amor, no es fácil de conseguir con cualquiera.
Allá nacían, allá vivían, allá yacen. Después de las visitas de todos los santos y el día de los muertos, las tumbas volverán a caer bajo el bisbiseo, seseo, secreteo de los vientos, aplastadas por la luminosidad de un cielo celeste mucho más amplio que la misma tierra divisable.
Catalina volvió con su retahíla de reclamos, amenazándome como cuando niño, con ese rigor sin clemencia que devenía en castigo.
Me reclamaba abandono, pero ante mis excusas, se detenía a escucharme con pena. Me entendía como una madre y sufría como una madre con mi dolor. Y yo la perdonaba y ella me perdonaba. Y yo la perdonaba y ella me perdonaba. Infinitas veces.
Antes yo trataba de comprarla con dádivas: algún dinero para tranquilizar mi conciencia: me sentía en deuda. Ella sabía que yo le debía obediencia, aunque también siempre me quedó como una vaga sospecha de que ella también se sentía en deuda conmigo: ¿Qué sería? Algo pretérito a mi conciencia y que sólo ella llevaba como un remordimiento.
 Así había sido desde que era niño.
Mis canas no sirvieron para cambiar esa especie de tiranía que se establece entre los afectos, yo tampoco jamás había sabido enfrentarla o contradecirla. Seguro de que haría cualquier cosa que Catalina me pidiera.
Yo siento dolor por aquella ausencia: Tuve miedo de enfrentarme con esas circunstancias: es que es duro ver el fin de lo amado.
Pero cuando llega el frío: todo se oscurece y mucho ocurre al resguardo del fogón, será por eso que el invierno huele a humo de leños retorcidos, arrastrados por las crecientes del verano, o transportado a lomo de mular por entre los pajonales desde aquellos bosques allende las cumbres.
Él no está, ya lo sé: Era de pocas palabras y de beber demasiado. En lo de parco estoy de acuerdo sin ser exagerado: Es concisión, es economía. Lo cual siempre hubiera  sido beneficioso. Pero en aquello de tomar acompañado de mujeres: porque siendo sinceros: el tomar es cosa de hombres. Dicen que ella, ebria, quemó las escrituras. Nos heredó su brevedad, su concisión, su desnudez, su despojamiento. O nos desheredó de esa prueba viva que es enigma, misterio.
Eso era algo así como buscar al padre en el fondo de una copa.  Esos recónditos dolores que no se curan, esos perdones que no se dieron, ese volver siempre sobre el remordimiento es lo que enferma. Perdones que no se obtuvieron: desamor, orfandad infinita del ¿Por qué a mí no?
Él se jactaba de  ser el dueño de muchas tierras y  de las almas que la habitaban. A veces, haciéndose el gracioso repetía que todos aquellos con ojitos claros, salvo las cabras eran hijos suyos.
De ella dijo, o que era muy audaz, o demasiado inocente: ir al río a tomarse baños en poca ropa, mientras la hacienda pastaba, siendo casi una niña.
Andando por los campos, la divisó en el remanso y le solicitó  permiso para entrar a tomarse un baño allí mismo.
Pareció decir que sí, aunque también pudo ser indiferencia a su presencia.
Ya en el río comenzó recordándole la existencia de aquellas culebras de agua que abundan y se deslizan zigzagueantes en el seno líquido  y aunque inofensivas, asustan a los niños. Entonces, ella  pareció inquietarse ante la idea.
Aprovechó ese instante de debilidad y se le fue acercando.
Era una niña, hasta ese día en el agua, en que la apretó firme contra sus partes.
Ella solo llevaba enagua y él ya había terminado de desnudarse en el mismo remanso.
Todo parecía no ocurrir, puesto que ocurría debajo del agua: sintió la resistencia al empuje y la avidez de su respiración.
Fueron unas cuantas veces apenas. Lo que duró ese verano: Merodeaba todas las tardes, hasta que volvía a encontrarla. No importaba que aún fuera una niña.
Al finalizar la estación cálida, los campos se hallaban cargados de pasturas. Como cada año, se organizaron corridas para rejuntar y marcar la hacienda nacida en la temporada, antes de llevarlos a pasar el invierno en las cumbres húmedas del Yucumán: Vinieron muchos de los arrieros de los campos distantes a acampar durante las corridas: Ella se entendió con ellos, atendiéndolos, en especial a los más apuestos. Ya nada le quedaba de esa inocencia.
Él se tuvo que contentar con mirarla de lejos: Era mejor evitar murmuraciones, además estaban las familias de por medio.
¿Acaso lo haría a propósito? ¿Disfrutaba haciéndolo sufrir, sin que pudiera hacer nada para sujetarla?
Es conocido que a toda acción, le sigue una reacción aunque transcurrió el invierno sin que esa reacción se manifestara. Tampoco hacen falta tantas palabras para decir las cosas: Dice mi madre, que a palabras y plumas, el viento las tumba. Y cuando la memoria falla, se va abreviando el texto: se simplifica y se vuelve una sentencia henchida de infinitos mensajes en los que algunos intentan encontrar el sentido último de la existencia.
Catalina bajaba de a caballo hasta Fuerte Quemado. Es un largo e incomodo viaje entre cactus enhiestos y árboles retorcidos, divisando pumas huidizos o chinchillas acróbatas durante la travesía. Valiente para ser mujer y sola en el trayecto de montañas que se desbarrancan entre peñas y ventisca, conviene conocer bien la senda entre algarrobos añejos y reptiles.
 Serán cuatro a cinco leguas las que nos separan del poblado. Allá hay médicos, víveres y oficinas para hacer trámites.
Desde esta altura, el llano se ve recorrido por remolinos que se elevan en dirección a los cúmulos ralos que surcan el espacio. La incandescencia luminosa solo invita a rememorar fuego. Sólo el constante y fuerte viento que barre incansable en dirección abajo, ululando, soplando, susurrando, arrastrando, llevándose todo lo que no esté anclado o aferrado al suelo, atraído además por ese secreto magnetismo que ejercen los abismos.
Abajo el calor aplasta: El aire, en verano, se vuelve incendiario en el día, aunque la noche de suaves brisas sea más clemente.
Los antiguos bosques, expoliados por generaciones, fueron  suplantados por un desierto metamórfico de cauces empedrados y enarenados por desbordados torrentes  veraniegos: Plantaciones de  longevos olivos, tapizan los campos en las quebradas impuestas al paisaje por algún cauce, en este desierto lunar e incandescente.
En el pueblo, se pagan impuestos, se inscriben nacimientos y defunciones o se buscan vituallas para el año, aunque algunas veces se desciende también para las celebraciones religiosas: la festividad de San Isidro precedida por la llegada de parcos montañeses montados de a caballo, de a  mular o de a pie: sus misachicos de vírgenes virreinales: trayendo cintas y  flores de tela para ornar el dosel del ícono de bueyes meditabundos que presidirá la festividad, enredando con esas cintas, flores, pequeñas vasijas de terracota  o diminutas herramientas para la labranza: en los preparativos apenas se oyen aquellas quedas voces en derredor a la litera desde la  cual el  santo bendecirá los cardinales para la abundancia de futuras  cosechas,   siempre algo de las siembras para la supervivencia y un excedente para obtener algún dinero. Alrededor de la imagen, los lugareños.
Más tarde, durante el  recorrido de la procesión armonizada por quenas y tambores que inundan  el aire de buenas intenciones, los solitarios montañeses seguirán la música que puede  llegar al  Divino con sus oraciones, sus padrenuestroquestasenloscielos, etéreo, aéreo. Distante.  Santificadoseatunombrevengaanostureino, recorriendo la inmensidad del valle, barriendo como la ventisca los huertos, deshaciendo cualquier creación indeseable, transmutándola por realizaciones, hágasetuvoluntadasíenlatierracomoenelcielo, que se cumpla lo que yo quiero,  hágasetuvoluntadasíenlatierracomoenelcielo, cúmpleme mi deseo, hágasetuvoluntadasíenlatierracomoenelcielo, que se cumpla, que se cumpla, que se cumpla.
Ella también es mía. PorlavoluntaddeDiospadretodopoderoso.
Era la tarde y la hora en que el sol la cresta dora  de los Andes. Acaso son esos rayos oblicuos, que descienden al caer de la tarde, convirtiendo en oro refulgente las matas de pastizales los que evoca Echeverría. Son las mismas luces que cambian a cada instante transmutando cada visión en  irrepetible, sin embargo siempre está, aunque cambiante, transmutante está, esquelaluzdeDiosnuncafalla.
Los campos, dorados bajo las últimas luces de la tarde: el nevado azul y plata elevándose todavía más arriba de las majadas de nubarrones  que se irán arrimando en pos de la próxima tormenta de verano: rayos, relámpagos, truenos, centellas, vendavales, aguaceros espesos alimentando las erosivas crecientes que se precipitan entre desfiladeros,  juntan cauces y rugen por los campos tras lo cual, el nevado volverá a emerger más nevado aún: Límpida de impurezas, la atmosfera permitirá ver el paisaje, nítido en la distancia.
Era sí de pocas palabras y  beber demasiado, se ponía violento y hasta desconocía a sus propios afectos. No era malo, sólo se emborrachaba los fines de semana.
El caballo había regresado solo a su querencia: pensaron en un accidente, buscándolo durante varios días, hasta  finalmente encontrarlo: Fue muy doloroso para sus hermanos hallarlo gracias a  los círculos volátiles de carroñeras. Arriba, en la chispeante luminosidad de la atmosfera, espirales concéntricas de negros eslabones entre el cielo y la tierra: los cóndores. Abajo, esperando a su amo que no despertará más de ese extraño sueño en el que pende con los pies despegados aunque cercanos al suelo: En el vórtice mismo de aquel espiral, casi tocando el piso, colgaba de su lazo en un solitario algarrobo, el perro gruñendo y disputándose con las negras aves el amo.
Algo ha de sentir ella, aunque nunca lo sabremos. Es también de pocas palabras.
De la  fauna,  el que más alto llega es el  cóndor, planea en círculos entre  arco iris circulares  que proyecta la luz sobre un cielo de amatista, más arriba que cualquiera de estos innumerables cerros que se suceden  hasta la cordillera: milenariamente vuela como cuando descarnaba a los ancestros: Ese sería el origen de esa energía oscura que deambula cerca de la cuesta: se le armó un lindo monolito con una importante cruz y, en el interior, su fotografía. ¿Por qué será que en las fotos de los muertos se percibe la muerte acechante? Esos ojos vacíos, inmóviles. Esa expresión de ya no soy. Aunque padrecura, no haya permitido que pusieran cruz sobre su tumba en el camposanto.
Allá permanece, incluso después que descolgaron y sepultaron el cuerpo, deambulando por los lugares donde habitualmente solía circular. Habría algo en él que no se resignaba. ¿A qué se debería ese apego que no lo liberaba? lo mantuvo encadenado hasta ahora mismo al sitio: seguro que descarnado no podría retornar sobre sus pasos.
Por allá pena el que se sabía dueño de toda esta tierra y su hacienda por herencia, por derecho  consuetudinario.  Amarrado, aprisionado a este lugar entre los despeñaderos.
La lana para hilar y luego entramar en el telar, pasando la estación fría cerca del fuego: Catalina tejía los mejores ponchos por estos lares. Trama cerrada y abrigado como ninguno. Era una tarea que le llevaba buena parte de las frías jornadas. El segundo marido, que la volvería  viuda por segunda vez, aunque ellos todavía lo ignoraran, hacía girar la piedra del molino con la ayuda de pacientes y  voluntariosos  bueyes, obtenía harina que compartía por maquila con los vecinos, mientras ella tejía o bordaba las coloridas alforjas con motivos florares, frutales y hasta ornitológicos, para adornar las ancas del animal.
Los vendía, bien cobrados porque era una tarea larga y ardua. En ocasiones, él trenzaba los tientos cortados de los cueros vacunos, encerados hasta convertirlos en resistentes lazos para las tareas de campo.
Pero ese día en que ocurrió aquello, yo ya estaba próximo a darme cuenta de que es imposible obrar un bien sin cometer un daño. Entiéndase que quiero resaltar que tras mucho meditar y en muchos sentidos, la lógica me llevó a deducir que esto era una ley, no escrita pero tan concreta y verificable como la de la misma gravedad.
Iba atravesando el campo cuando divisé a la anciana a la orilla del camino. Llevaba un inmenso bolsón más alto que la mitad de su humanidad. Mirándome a contraluz se tapaba los ojos pero con angustia en el gesto me pidió que  la acercara. Un perro rojizo y grande la merodeaba haciéndole fiesta.
Puedo llevarla a usted pero no al perro, le aclaré por si acaso a lo que ella apresurada, advirtió.
No, si no es mío. Me viene siguiendo desde hace un rato.
En la distracción de apear a la anciana en las ancas el buen caballo, éste pisó la pata del perro y el perro desesperado tiró primero el tarascón y aulló luego pero ya el caballo había tirado a la vieja al piso.
Lo que iba a ser una obra de bien, es decir interesada en el bienestar del  prójimo, se transmutó en un pésimo rato, aunque se dice que no ha de arrepentirse aquel que obra bien intencionadamente. Después de aquella desafortunada situación entendí  que podría arrepentirme sin desmedro de la buena voluntad que hubiere:
Ella no volvió a coquetear. Parecía que todos le fuéramos poco. Tampoco guardó ni luto ni  cargo por la manera en que murió. Como si percibiera que no terminó de desaparecer, tanto como  lo hubiera deseado: decían también que esa oscura energía deambula cerca del remanso donde el agua lavó su inocencia: Dicen que esos muertos no tienen descanso.
Aunque en las tardes de verano suele ir al río a tomarse un baño, la acompaña ahora un perro guardián que es malo como un demonio: No dejaría que ni un espectro se le acercara.
Ya no hay lugar en esta tumba.  Apenas podemos apretarnos más. Aunque la tierra es generosa y digerirá los cuerpos físicos en un plazo no demasiado largo: ¿No es acaso bíblica sentencia? Polvo eres y polvo serás. Somos tierra pero también una fuerza mantiene cohesionado ese orden que impide que todo  se desmorone; y  también somos agua y fuego, aunque alguna fuerza también impide que entre ellos se devoren y madera, aunque la expresión final será tierra. ¿Y el fuego? ¿Será acaso el alma?
Pero ¿Qué es esa inmortalidad llamada alma? fuego, el ánima, el cuerpo vital, encadenada a esa otra cosa que es la mortalidad del cuerpo, que es mineral, tierra. Eso es la vida: Fuego sobre tierra, agua sobre tierra.
Las voces vuelven, acaso es el retorno de los niños conduciendo la hacienda a buen resguardo, deshaciendo el camino: Hasta no hace mucho, aquella niña era una de esas voces. 
Hay veces en el verano, cuando vuelve de tomar su baño, aprovechando las penumbras de las últimas luces sobre el nevado, en que se detiene en el camposanto y sacrílega mente orina sobre aquella tumba sin cruz.
Aquí mismo, por donde pasan los vientos, tantos que ni los muertos encuentran descanso.

JORGE NAMUR, Yerba Buena, julio de 2011

lunes, 23 de abril de 2012

Solo sé lo que sé

Yerba Buena, Abril de 2012

Quien suscribe, solicita con carácter de urgente:” Cambio de nomenclatura para el género Homo sapiens”

“Solo sé que no sé nada” al decir de Sócrates

“Homo sapiens” según Linneo

Y aunque Sócrates sostendría “solo sé que no sé nada”. Y los estudiantes que le siguieron hayan elevado a máxima aquella sentencia: es posible que la pena de muerte que le valiera haya sido más de seguro por haberla proferido que por haber renegado de tantos dioses para cada artículo o por corromper a la juventud como se sostiene.

Carlos Linneo, que se ocupó de nominar lo innominado que hallara a su paso, nos apodó como de Homo sapiens, aunque sería posible que para sostener la Socrática ironía, haya querido expresar lo opuesto en un juego de paradójico sarcasmo.

¿Sabe acaso el hombre, ese primate adulterador de la naturaleza, que ella es su mentora y aliada? Con su incesante actividad la convirtió en enemiga, ignorando o desconociendo cómo funciona o despreciando lo que ocurrirá con ella y lo que es lo mismo con el hogar de todos: el planeta tierra. Buena parte de su prehistoria se ocupó de depredar y toda su historia, de expoliar, de explotar la necesaria protección vegetal para que el animal subsista; ignorando dicho sea de paso que el mundo vegetal es el productor primario y que el reino animal es el consumidor secundario, lo que es lo mismo que, de él vivimos y vinimos. Ha superpoblado el planeta extinguiendo con su accionar bosques, selvas y faunas hasta ponerlo en riesgo de extinción y no sabe ahora cual futuro le aguarda sino el de esperar un apocalipsis al que se renueva conforme la época, pero el cual, tampoco se sabe cuándo arribará.

Sintiéndose el homínido el rey de la creación, la explotó para su gracia y desgracia, amparado quizá en mal interpretadas sentencias sagradas, extinguió los tigres de Tasmania en la reciente historia y aún antes de poseer escritura ya había extinguido a los mastodontes o al perezoso gigante.

Y si tan poco sabemos, si hasta los hay que dudan ser hombres, llamándonos humanoides, también es visible que hasta hoy se discute si acaso es carnívoro, y conste que un animal considerado menos inteligente como por ejemplo el león, no dudaría de cómo saciar su apetito.

O Frugívoros, ninguna ardilla cambiaría su nuez por un buen bife. O un omnívoros, tal es el caso de la cucaracha, a la que algunos pretenden asimilarnos y sino para prueba leer La Metamorfosis de Kafka .

Si de la ardilla se tratara, jamás renunciaría a los árboles ni aunque fuera por una casa en un country, en medio de la naturaleza más prodigiosa. Si fuera un escarabajo no renunciaría a su bola de estiércol por convertirse en humano y entre ellos no hay lugar para un Kafka.

Parece inútil seguir enumerando la infinita galería, que conforman las opuestas contradicciones por las que naufragamos, en mar a la deriva de ejemplos dicotómicos rumbo a ninguna meta.

Sapiens por saber vendría siendo entonces un descomunal error, una absoluta falsía. Hasta un capital pecado de soberbia o arrogancia.

Algo resulta visible y seguro del humano: son los que menos saben sobre sí mismos.

Conócete a ti mismo, rezaba en la puerta del oráculo de Delfos.

Y conocerás a los dioses.

¿Están los dioses en el interior de uno mismo? Es lo que parecería deducirse de ello.

¿Acaso somos dioses?

Muchos dicen saber que sí, que como parte del todo, somos divinos por dentro y por fuera, como diría Whitman, agregando también y esta cabeza mía vale más que todos los credos, iglesias y religiones. Otros descalifican estas creencias negando todo aquello que no podemos dimensionar o cuantificar. Como si de balanzas y microscopios se tratara, relegando la existencia de otras dimensiones a puras especulaciones filosóficas o metafísicas.

Y es que si no somos dioses, Él tampoco existiría. Porque si lo es todo, somos una parte de ese todo y ergo somos Dios. Obviamente que no tan dioses como lo es el todo pero si divinos al ser parte del todo.

Por ello es que declaro sin ninguna solemnidad pero apremiado por los tiempos difíciles que vivimos: Homo que no sapiens por los resultados.

Por ello, en base a la innumerables pruebas que sería posible reunir de proponerse el caso y a las que por no volver un infinito tratado este sencillo pedido y conocedor también de lo perezoso que resulta el humano para la lectura, es que solicito se dé curso a la posibilidad de rever el nombre de la especie por otro más cercano en cuanto a su enunciado respecto a la pruebas expuestas, por tanto propongo como alternativa para salvar el caso una nueva nomenclatura en lo que sin restarle nada a la anterior y muy por el contrario se le añada: “que no sapiens” quedando de tal manera como:” Homo sapiens que no sapiens” , honrando a Sócrates, tan mal pago por su generación, derribando además la efímera idea de que fuéramos sabedores de algo.

Homo sapiens que no sapiens, gracias si me hacéis caso, usemos por una vez la virtud de la humildad que anida en ese Dios intangible que todos somos en nuestro ser esencial y terminemos de una buena vez por sentirnos los dueños de un mundo al que tenemos en agonía gracias al ego que nos asfixia cada día.

Jorge j. Namur


lunes, 15 de noviembre de 2010

plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro

Sobre “NO ESCRIBAS” de Samuel Schkolnik en PARKER 51.
O sobre
“plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”,
¿paradigmas superados?


Gea fue primera.
De su conjunción con la niebla emergió lo vegetal.
Más tarde el animal.
¿Según la mitología pagana?


Superada la teoría de la generación espontánea, que desde la antigüedad permitió explicar en parte el origen de la vida a sabios como Platón o Aristóteles, incluso hasta el siglo XVII, cuando van Helmont aún sostenía que las ratas y otros seres proceden de la tierra y de la basura. Desde Pasteur en adelante, se pudo comprobar que la vida siempre procede de la vida, lo que llevó a los sabios de estos últimos siglos a pensar que el origen de la vida se debía a especiales condiciones que reinaron en el planeta in illo tempore, aunque recientes descubrimientos, realizados en las profundidades de las fosas abisales del Pacífico, permiten comprobar que la vida se genera aún hoy (en forma de moléculas orgánicas) a presiones y temperaturas en las que se creía no podía existir la misma
“Toda la vida animal, en último término, depende de los vegetales. Si no existieran las plantas, no podría haber tampoco vida animal en el mundo”, dice E. Strasburger en su Tratado de Botánica.
Por la misma época el escritor José Martí, según versa en Wikipedia, decía esto de “plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”, aunque otra ¿confundida? escritora atribuye a Confucio la peregrina idea para acrecentar la natural confusión, valga la cacofónica similitud, ¿dice la frase? : “ser hombre significa plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”. Aunque opino esto sería por aquella época de fines del siglo XIX cuando aún nada se sabía del calentamiento global, la amenaza de superpoblación o de la desaparición de las áreas de bosques y selvas naturales, o de las facilidades contemporáneas para publicar un libro.
Al respecto, Samuel Schkolnick dice en su relato “No escribas”, del libro Parker 51 (Tucumán, 2010), que si cada habitante del planeta hiciera caso de la frase que reza esto y publicara un libro, y él lo hizo, y no uno, ni dos, sino que tres, e incluso teniendo en cuenta los escritos en colaboración, serían muchos más: tales volúmenes (los libros producidos por el caudal íntegro de seres humanos vivientes) puestos uno sobre otro harían la mitad del camino a la luna etcétera, para llegar finalmente a concluir que el número vuelve imposible su lectura por lo que finaliza recomendando ni escribir. Sabio como es (y ya lo preconizaba Genie Valentié por la década del ochenta) maestro y doctor en filosofía, su recomendación resulta más que acertada. Se puede aumentar la insuficiencia del arte pensando que en realidad los más grandes escritores son memorables no por todas sus innumerables páginas sino que solo por algunas cuantas.
De ello deducimos que son muchas las páginas para el olvido y pocas las del recuerdo. O a veces mejor ni recordar la mayor parte de esas páginas.
Abandonemos aquí a Shkolnick y analicemos a los congéneres del filósofo.
Sería bueno reformular ahora y a la luz de estas ideas y las que la ciencia nos dio, estos postulados y decir que Ser hombre hoy sería: plantar al menos un árbol cada día, o aunque más no fuera uno cada semana, aunque el solo hecho de plantarlos no basta sino también sería menester cuidarlos hasta que lleguen a ser lo que su potencial genético les signa: a diario se ven tantos árboles destruidos en las aceras por la acción de los indolentes que resulta evidente que la buena intención no alcanza. Se sabe también de aquellos que talan indiscriminadamente bosques, montes y selvas, aunque a éstos no los veamos, la única manera de subsanar en parte el daño sería éste. Y aquí debemos hacer una aclaración sobre un error muy frecuente: se siembran las semillas, se plantan las plantas, por lo que, si hablamos de plantar es obvio que antes la hemos sembrado y cuidado hasta que llegó a ser un pequeño árbol al que podremos plantar en el sitio adecuado: ellos trabajarán para nosotros secuestrando dióxido de la atmósfera con el que elaboran hidratos de carbono o maderas, disipando además el inclemente calor solar con su sombra y devolviendo al aire el imprescindible oxígeno, sin embargo, por ello debe pagar con su vida cuando solo nos ofrece beneficios, dado que encontró en el hombre un socio demasiado agresivo para realizar con él su simbiosis o su mutualismo.
En cuanto a tener un hijo, hasta dos serían posibles por pareja, sin que pase el hombre a convertirse en una amenaza contra sí mismo, lo de paso sea dicho ha venido ocurriendo sin ninguna solución planteada sobre tablas más que la que pergeña mentes pérfidas de mandarlos a morir en batallas o presas de enfermedades devastadoras o en desastres ambientales. Sin embargo se ve tanta gente dispuesta a multiplicarse: Se encuentran también tantos hijos abandonados que a esa máxima debiera aumentársele la aclaración: educarlo en el amor a la naturaleza para llegue a ser un guardián de ella y no otro enemigo dispuesto a explotarla hasta las últimas consecuencias.
Todo esto nos retrotrae al principio de los tiempos, y es bueno recordar que el reino vegetal es el hacedor primario, el productor de todas las formas de energía salvo aquellas contenidas en los minerales, también aprovechables, no sin escándalo. Son los vegetales los generadores de la atmósfera que envuelve al planeta, formada a través de eones: fruto de su respiración y del balance positivo entre el dióxido secuestrado a favor del oxígeno generado imprescindible para la aparición del tercer reino: el animal. ¿Cuarto reino, quizá? si tenemos en cuenta el Fungi apartado ya del vegetal, aunque aún queda por resolver la incógnita planteada por la existencia de los virus, y ni mencionemos las bacterias.
Y respecto a escribir el libro ¿cometerlo, dirían algunos? Se escriben tantos libros fútiles que apena pensar que tendrán la muerte del papel picado con el consiguiente doble daño: haber privado al medio ambiente del árbol que liberaría oxígeno cuando se lo taló para hacer pulpa de papel con el triste final de liberar más dióxido cuando se lo queme por ser un libro inservible.
Pero pensándolo tranquilamente: ser hombre es ser un animal consumidor que con su sola subsistencia va minando el equilibrio de la naturaleza, alterando el paisaje y la geografía: respirar genera de por sí gases nocivos, de tal suerte que ése sería el original pecado que sabiamente señalan las sagradas escrituras.
Reformulada entonces la popular y colectiva creencia, ser hombre sería: plantar un árbol cada día y cuidarlo hasta que su tronco resista el embate del viento del verano; tener hasta dos hijos sin abandonarlos, educándolos amorosamente hasta que puedan ganarse su merecido sustento; y, respecto a escribir, hazlo siempre y cuando sea un buen libro: dotado de originalidad, concisión y armonía. De lo contrario mejor, como el maestro nos lo ha dicho: “ni escribas”, y nadie debiera entonces recriminarte nada, hasta sería posible pensar, finalizado tu ciclo, que fuiste sin pecado concebido.
Sin pretender ser un eclesiástico, ¿sería acaso exagerado agregar que el resto es vanidad de vanidades?
O decir, se es hombre a partir del momento que se hace conciencia que su sola presencia adultera el balance energético entre productores y consumidores en Gea.


Gea fue primera.
De su respiración emergió el vegetal.
De la silente respiración vegetal emergió el animal.
De entre ellos surgió evolutivamente el hombre.
Más ¿De dónde viene Samuel?
Hasta de dónde viene el mismo González. Y en qué café reirán conversando sobre aquellas cartas que le mandaba en otros tiempos, cargadas de una sutil ironía desestructurando todo aquello que aceptamos como vistas, pesadas y medidas aunque solo valen como palabras y plumas el viento las tumba.
Me gratifica sospechar que esta etapa de la humana evolución a la que pertenecemos será juzgada no por mí, ni por ti, sino por él, quien nunca creyó a pies juntillas en los dicen que dijeron que decían, él entre tantos crédulos.
Resumiré diciendo de él: fue árbol, hijo y ahora es libro, así visto, es tiempo ahora de gozarlo en la lectura.

Jorge Namur, Noviembre de 2010

domingo, 11 de julio de 2010

Golem literati

Por propia voluntad declaro agotado de sostener una mentira, pongo a vuestro conocimiento algo que pocos creerán, aunque muchos: infinitamente muchos, ignorarán: Diciendo por infinito a ese exacto número que solo Dios percibe.
Además, ni mientes que el número de consumidores literarios vaya a incidir en el rumbo de los acontecimientos: Hoy por hoy muy pocos leen y los que lo hacen, ni suman a la hora del recuento de votos. Y esa especie de analfabetismo funcional de gente que no intelectualiza lo leído, simple y llanamente por ” falta de ejercicio” es una de las precisas razones del extravío que lleva al mundo a la deriva: Nos dirigen los versados, más preciso sería llamarlos impostores, que en nada recuerdan a los sabios de antaño, cuyas efigies erosionaba el cultivo de las virtudes.
Así tranquila mi conciencia, diga lo diga... nunca cundirá el pánico por la noticia, como ocurrió con la muerte del rey del Pop o con las borracheras y extravíos de Britney pero sin más circunloquios y sirva de muestra lo antedicho para corroborar lo que se dirá a posteriori que es la verdad, declaro: ¡No Existo!, Perdón, literariamente hablando, de lo contrario sería imposible que estuviera comunicando todo lo que voy a contar: Efectivamente soy un invento que pergeñaron dos escritores para que ocupara un sitial privilegiado en la literatura aunque sólo por recomendaciones: El viejo Octavio, original culpable de esta ficción, quien componiendo sincera y largamente ensayada mirada soñadora, acostumbra a referirse a mí recordándome como un niño con su teatro de títeres a cuestas, muchos elaborados con papel maché, para los que improvisaba mis propias historias: sensiblerías de maestro rural, o le habrá gustado la función de ese día, pero sospecho que por entonces se le ocurrió eso de que yo sería escritor: invitado por él hice mi primer taller literario en la adolescencia y cuando ameritó que ya era tiempo, por su encomienda pasé a manos de otra de mis creadoras, cómplice necesaria aunque sospecho que ella sentirá alivio en su conciencia pensando en la figura del “arrepentido”. Ella es quizá la mayor responsable de la pública estafa que en apariencia no tiene sanción legal: ella, Doña Alba, viciosa ficcionista, que, simétricamente con el viejo Octavio, repite un poco en sorna, que mi cuento ”Nieblas “ es uno de los más densos de la literatura universal, algo difícil de explicar por su sustancia tan leve como lo es el vapor, pero es que con estas menudencias ríen a expensas del crédulo público pero al margen de esta perorata o elucubraciones para distraer como el tero gritando por un lado, mientras los huevos están en otro, es verdad que soy simplemente una elucubración literaria de ambos y los denuncio harto ya de sostener esta mentira y por acaso comenzarán a entenderme si ven mi incapacidad de urdir la más simple historia: ¿ quién osaría usurpar un sitial en semejante escenario durante tantos años? la candorosa inocencia de la gente se lleva sin esfuerzo buena parte de estas razones y es a ojos visto, por los resultados electorales y los gobernantes que eligen, obvio que no disciernen gran cosa. Pero respecto a estos dos cínicos que hicieron de mi un golem literario, ellos sonríen con misteriosa sonrisa de Gioconda, propia de los que algo ocultan y divertidos por burlar otra vez más al incauto lector con un ingenio que a la postre debería ser develado, o permanecer en cripta hasta el fin de los tiempos-
Otra versión posible sería que la única culpable es Alba, ya que hasta el mismo Octavio nació de su galera: se sabe que otras escritoras usaron galeras, en este momento alcanzo a rememorar los nombres de George Sand y de Daniell Stend o Stenrz, o como haya sido, aunque aquellas galeras fueran para esconder el sexo ya que por entonces se sentían discriminadas, en cambio la de Alba es una galera de mago o de ocultista, ciencia en la que es versada y si quieren pruebas escritas lean el listado de sus publicaciones y comenzaran a dilucidar por los nombres a que me refiero, verbi gratia “ De lo Demoníaco” nombre que vuelve innecesario cualquier comentario o “ Los Problemas del Mal”, título ostensiblemente demoníaco o “Los Mitos del Agua”, ostensiblemente paganos, hasta otros plagados de infantil inocencia cual Alicia en el país de las Maravillas escondiendo una demoníaca identidad, verbi gratia “Los Otros Ojos” o “Por el Tobogán del Arco Iris”, Etcétera. Tras haber referido pruebas testimoniales orales y escritas que hasta están colgadas en Internet y sería superfluo pedir una sesión pública de la misma para acceder a cualesquiera de sus muchas páginas que recorren el mundo atrapando en sus redes incautos distraídos paso a contar la gestación del cuento por ellos cometido como la pérfida Alba refiere al comentar algunas obras. A esta obra cumbre sin dubitaciones titularía Golem literati iniciati.
Como ella misma repite sin cansancio, todo buen cuento debe contar con una Introducción, un nudo y un desenlace o fin. Notarán en la siguiente narración la aparición de los tres elementos por ella sostenidos como imprescindibles en todo buen cuento.

La Introducción
Ubicación espacio temporal.
“ En el principio de los tiempos de Don Octavio como escritor, época en la era un simple ciudadano aunque no tan común, ya que aspiraba a ser escriba público, época en la que el difunto esposo de Doña Alba era director de un abstracto Ente Cultural de la provincia
(Aunque hay visos de realidad es preciso aclarar que ese tiempo espacio es utópico. Además la expresión ente nos circunscribe también al vacío existencial.)
El Nudo
Kafkiano
y estaba a punto de declarar desierto un concurso bienal de literatura por falta de acuerdo entre los miembros del jurado, a lo que a su juego la llamaron pidiéndole que laudara o al menos leyera las obras de los participantes para ayudar a dilucidar si alguno ameritaba el premio. Tras la lectura Alba dice descubrir uno y así saltó a la bien merecida fama que más tarde se ocupó de cimentar el propio Octavio. Tiempo después el viejo le llevó mis trabajos, los que rechazó de entrada, es cierto también que tiene sus veleidades. El viejo insiste. La natural coquetería de Doña Alba la doblega una vez más y con la misma pasión de quien va a tomarse una purga termina aceptándome como aprendiz de escritor, ¿ aprendiz de brujo? . En esto hago mención a dichos por ella cuando me tomó confianza, en especies de revelaciones o confesiones respecto a como me recibió.
El Fin
Sorprendente e inesperado
Seguramente consciente ya de mi ineptitud, imaginó la estafa y vaya uno a saber en qué conciliábulo acordaron con el viejo la artimaña para aumentar la infinita confusión, ya de por sí imperante en nuestro cosmos, con tamaño fraude. No es novedad este divertimento de los intelectuales: Borges y Bioy Casares compusieron un tal Bustos Domec que por ratos supera a ambos, por lo menos en lo que a buen humor e ironía se refiere y por lo que averiguar pude, muchos otros jugaron estos acertijos aunque este, que me concierne es inadmisible y los desenmascaro ya y de una buena vez y para siempre: Alba y Octavio culpables, claro que detrás de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia “ se esconde la impunidad de uno de los más perversos delitos que aquilata la soberbia humana en la intención de emular a Dios: “ Crear un ser, una entidad etérica pero entidad al fin, una creatura, o una criatura”
Lo anteriormente dicho es el cuento y su gesta, pero lo que sigue es la realidad: ese par de perversos confiaron inocentemente en que yo, vencido por la vanidad nunca hablaría, además teníamos de agravante el “cómplice necesario” aunque tanto se ampararon en la cláusula “cualquier parecido es pura coincidencia”, tanto va el búcaro a la fuente que… finalmente la olvidaron, por lo que nunca imaginaron que treinta y tres años después me les volviera en contra diciendole al mundo " yo soy el Golem literati".
Jorge Namur, Aconquija Catamarca, verano de 2010

domingo, 8 de noviembre de 2009

ANGEL SE BUSCA

Al augur que se supone encierra el número trece lo asocio al recuerdo de un compañero cuyo rostro no alcanza mi memoria a recuperar de entre los recuerdos del internado que compartíamos en Córdoba: aquel día me sorprendió durante el recreo previo al almuerzo al exclamar, ¡ Suerte que es miércoles y no martes trece!
Niño entonces, poco había oído sobre vaticinios: pasado los años terminé por escuchar también que este oscuro espíritu se nutre del número formado por Jesús y sus apóstoles.
Al rato de esta inofensiva conversación me citaban desde la portería del inmenso edificio de arquitectura francesa del colegio: un vecino y amigo de mi tío traía la noticia de que mi padre habría sufrido un grave accidente por lo que debería trasladarme a casa de mis parientes para viajar de inmediato a Tucumán.
Pienso que la alocada carrera con la que bajábamos los varios pisos debió de haberme dejado sin aire a lo que se sumaba la devastadora novedad; aunque también recuerdo que la noche previa a tamaño infortunio, tratando de conciliar el sueño, me invadió una dolorosa sensación de vacío al presumir la posible ausencia de mi padre en mi vida, pudo ser una simple casualidad, o es que acaso el pensamiento llega más adelante en el tiempo, anticipándose a los hechos.
Tras el breve diálogo con el vecino, entre los ahogados ecos en las penumbras de la portería, próximos a una nívea estatua de San Juan Bautista de La Salle en amoroso dialogo con una pareja de niños, perdí el sentido por un instante y al volver de ese acercamiento a la nada, tuve la certeza de aquello que debería haber sido sólo una sospecha hasta la noche cuando finalizara el inminente viaje.
Era por entonces que se gestaba el “Cordobaso”, el secuestro y asesinato del ex presidente de facto Aramburu: acontecimiento que desestabilizaba otro gobierno. Se sucedían noctámbulos atentados con bombas en puntos a veces inexplicables, como el de confitería La Oriental; rememoro también aquel avión en las inmediaciones del aeropuerto Pajas Blancas: ese sábado Tío Alberto me buscó para que pasara el fin de semana en su casa y desviándonos del camino nos llevó junto a sus hijos para que viéramos las apenas perceptibles manchas de aceite a las que se habían reducido nave y ocupantes, casi volatilizados, excusando la oculta redundancia, en el aire a unos minutos apenas del despegue; grande fue su sorpresa por la celeridad con la que habían borrado hasta los rumores; pero mi tío era una persona informada en su cargo casi vitalicio de Contador General de la Provincia, comprobaba ahora con ojos vistos que aquellos rumores tenían fundamento.
Alguien supuso que los castos impúberes y hasta los púberes internos del santo colegio también seríamos posibles candidatos para uno de aquellos atentados, por lo que en las noches los mismos hermanos Lasallanos montaban guardia en las altas torres fusil al hombro para impedir que cualquier intruso se escabullera por entre los cipreses de los jardines. Tras este doloroso tumulto volvería la democracia aunque ahora había una generalizada insatisfacción: fue un período breve y confuso en el que sucedieron algunos de los más violentos acontecimientos de nuestra historia. Entre los altibajos producidos por disoluciones y restauraciones de la república, casi como en la búsqueda por acierto y error de una República Utópica, con golpes mechados con democracias y hasta goles, musicalizados con las idílicas propuestas de los Beatles sobre un mundo más libre y amoroso esperanzados en el futuro, se nos fue develando una dolorosa realidad intrínseca a la condición humana pero muy lejana a la utopía de ser la tierra prometida de una preponderante clase media.
“desnutridos”
“ignorantes “
“Desocupados. “
Hoy, más que entonces incluso, la inseguridad es de las más acuciantes preocupaciones del promedio.



Treinta y seis años transcurrieron desde aquel nefasto día sin uno solo de su ausencia en que no lo nombrara o lo pensara, como tratando de llenar ese vacío con vívidos recuerdos de aquel hombre que amó y que se mudó subrepticiamente dejándonos solo su muerto ropaje. Perpetuamente fiel, mi madre me invitó a que le lleváramos flores de aniversario. Púrpura expresión de la natural sensualidad vegetal, la flores se estremecían en su mano caminando apoyada en mi brazo, y ese púrpura irradiaba una luz tenue que cambiaba la lente sobre los objetos.
Por cierto era trece y suerte que ni martes ni miércoles y una sutil luminosidad violeta enmarcaba la escena.

Tras las inocuas letanías que me sumieron en la modorra de la siesta otoñal, arropado en esa sensación de que mi cerebro se quedaba sin sangre, a esa hora en la que podría estar durmiendo, me sustrajo de la somnolencia sin anestesia oírla, no sin horror clamando clemencia a la hora de nuestra muerte amén, finalizadas las oraciones, antes de las que encendimos un par de velas y tras haberles dejado en compañía de esa rara variedad, diferente a las indefinidas de Crisantemos que conozco, emprendimos el regreso por entre las Tuyas y Cipreses percibiendo la triste paz del silbido de aves canoras: invisible Crespín, llorando su desconsuelo entre mausoleos, zorzales entonando sus más sentidas melodías antes del período de receso que les impondrá el incipiente invierno y entonces miré en dirección al osario, al que de niños nos acercábamos con mis hermanos hasta ver las parvas de osamentas como remedo de catacumbas casi a cielo abierto, aunque en los últimos años algún piadoso funcionario hizo emparedar para evitarnos el obsceno espectáculo de la propia muerte en silente carcajada desde el secreto escrutinio de sus órbitas, pero eso es apenas lo mineral, lo denso, aquello que no se evapora sino que se volverá ceniza o tierra, polvo eres y polvo serás para dar continuidad al infinito ciclo.
En las inmediaciones del depósito de osamentas por las que ya nadie paga rentas, esperaba divisar el ángel en enmohecido mármol, con su única ala: la ausente extraviada durante una tormenta. Pero nada de esto que me era familiar ocurrió ni volvería a ocurrir: su ausencia se impuso sin dubitaciones: como un fragoroso desmembramiento o como catarata de huesos triturados cuyo remanso nutre un remolino de cenizas, vislumbré que esa atmósfera que antes lo rodeaba con sus oscuros cipreses abarrotados de musgos a espaldas del osario tenía ahora un hueco, un orificio, un faltante, que solo podría completarse si el ángel reapareciera.
Había permanecido una centuria casi a pie juntillas sobre la cabecera de una de las tumbas aledañas: a escala humana, a un metro y medio del suelo, sobre un ahora trunco pedestal.
Acaso sus Lázaros fueron los custodios de la necrópolis o simplemente se durmieron el día que debió desaparecer, quizá por unas de esas simetrías que salpican de perplejidades nuestros actos fue canjeado por igual cantidad de monedas que Jesús con ellos de inocentes cómplices.
Invadido entonces por esa dolorosa sensación que trae aparejada la pérdida o el despojamiento: simétricamente con lo narrado en el primer trece de este relato, antes de preguntar, sabía la respuesta, tampoco era algo nuevo la desaparición de una estatua.
.
Me dirigí inmediatamente a las oficinas del personal municipal a indagar a los responsables de la seguridad sobre la ausencia de aquel legado que yo sabía a ciencia cierto único, propio y público: junto a la estatua de la libertad en el centro de la plaza principal, eran las dos únicas esculturas de importancia de Concepción de la Ramada con el perdón de la Inmaculada por ser sagrada y según dicen de auténtico quebracho velado por sucesivas capas de estuco y hasta de pintura sintética contemporáneamente.

De mármol era y ni siquiera fue motivo de curiosidad de los periodistas que husmean por doquier removiendo muchas indiscreciones de este buen pretexto para llenar algunas líneas, menos aún de oscuros funcionarios sin el mínimo soplo de ángel, que de remover el avispero iniciarían un revuelo para seguro desprestigio de su gestión y de no venir yo a comprobarlo con mis propios ojos, nunca nadie lo sabría.
El más maduro del par de hombres que apostaban vigilancia sentados en las oficinas contiguas a la entrada al cementerio, casi bostezando ante mi inoportuna intromisión en el opaco cuartucho desde el que a través de unas ventanillas ven pasar el dolor en todas sus escalas tan asiduamente que ni lo perciben, dató la desaparición en una noche del 2004 y su desdén anunciaba por sí mismo que aquello que no revistió importancia entonces, mucho menos tendría que revestirla dos años después.

¿Acaso sería yo el único entre miles en valorarla?
¿El único en sospechar la dimensión de la pérdida entre sesenta mil almas? Pero es obvio que hubo otro más que supo apreciarla.
Ese protector que silente guardaba el sueño intemporal de aquella nativa que había acompañado al inglés en su vida de pionero en los albores del industrialismo era patrimonio de la necrópolis aunque desde ahora irrecuperable y otra porción de la historia aniquilada.
.
. ¿Solamente yo extrañaré su mirada puesta en un cielo más distante que sus manos?

Por la misma época y paradójicamente, en parque Guillermina setenta centímetros de cemento habían ocupado más atención que dos metros de carrara finamente esculpido: una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, desaparecida por dos veces. Cierto es que estas misteriosas desapariciones que alimentaron artículos periodísticos y variadas sospechas fueron superadas tras enrejar la imagen con una proyección de rayos concéntricos que caen desde una paloma que vuela sobre su cabeza.

Mi hijo Tomás seguramente percibiendo mi tristeza por la pérdida, ensayó una explicación que me aportó una alícuota de alegría al imaginarle un destino diferente cuando me sugirió que podría tratarse de una asunción, uno de esos infrecuentes milagros y no de un robo más en la tumultuosa actividad delictiva en la que nos vemos sumergidos desde que nadamos por las aguas del primer mundo a pesar de que los políticos redistribuyen generosamente la riqueza.
Una asunción sería posible sí- ingrávida levitaría entre los oscuros y centenarios Eucaliptos seguramente, sólo los impasibles testigos que mudos asisten al despojamiento de sus propios cuerpos, los pedestres desencarnados deben de haberla percibido al pasar con desplazamiento ágil como el movimiento de una ráfaga entre los árboles que enmarcan el frontis del parque, sin toparse siquiera mucho menos enredarse en el desorden de los cables del iluminado público, volando leve en dirección a las miríadas de astros que salpican la bóveda. Desde donde refleja la luz cósmica como uno más de aquellos, cuidando con amoroso gesto no ahora una nativa que fue amada por un extranjero sino al urbi et orbi.

sábado, 7 de noviembre de 2009