lunes, 3 de agosto de 2009
UNIGENITO
Fue por aquel entonces cuando ayudaba a mi hermano en el cultivo de tabaco, razón por la que tuve que trasladarme a vivir al campo. A veces, para sobrellevar lo más placenteramente posible los tórridos veranos que se acompañaban del consabido aislamiento familiar, tenía el pasatiempo de alternar con los lugareños después de la jornada de trabajo. De tanto en tanto visitaba un campo vecino donde una anciana tenía establecido un matriarcado en el que los numerosos miembros de tres o más generaciones de su familia trabajaban bajo su dirección: también eran tabacaleros y hacendados: del ordeñe, elaboraban quesos y quesillos para la venta, la artesanía inmaculada era el asiento de su economía y también el buen pretexto para mis recurrentes visitas,
Uno de esos veranos llamó mi atención un pájaro enjaulado que salvo pequeñas áreas; el pico y las patas de color castaño, el resto, en especial el plumaje era de absoluto blanco.
Viéndolo de lejos, supuse que sería un bollero: tímidas y solitarias, escurridizas e insectívoras aves a las que siempre añoré ver de cerca aunque sin éxito. Me precipité sobre la novedad, arrobado tanto por su conspicua belleza como por la posibilidad de contemplar de cerca eso que siempre me apareció tan distante.
La matriarca, acostumbraba a interponerse entre los integrantes de su familia y los forasteros, oficiando invariablemente de interlocutora, filtrando de paso en tan precavido trámite cualquier intercambio de ideas que pudiera alterar el cerrado cerco de interrelaciones con el resto de la dinastía.
Al inquirirla sobre el pájaro, me deslumbró con la realidad de que se trataba de un zorzal: nacido en una nidada en la higuera de su propio patio, esa que hacía sombra sobre el corral donde se llenaban los búcaros de leche para los cuajos y más tarde prensado de los quesos.
Aunque éste se había distinguido de sus hermanos por ser albino.
En el mismo instante de su relato iba entendiendo que me hallaba frente a una rara excepción, aún más, a una casi imposible excepción, y esto me cautivó. Aunque también me llenó de un raro, vago, recóndito presentimiento... Inmediatamente le propuse la compra.
La sabia más que octogenaria que no en vano había apagado ochenta y seis más ochenta y cinco, más ochenta y cuatro y así sucesivamente, hasta llegar a las primeras lo que totaliza algo así como tres mil setecientas cuarenta y un velitas en todos sus años, pero a estas últimas no las contemos porque fueron apagadas por interpósitas personas. Obviamente tenía que negarse, no de vicio había visto nacer y morir el día tantas veces y sospecharía acertadamente que era invaluable. Tampoco era tan fácil como ir al almacén de la esquina a preguntar por el precio de una docena de zorzales albinos.
La siguiente temporada veraniega me imponía volver tras los cultivos y retomar mis rutinas y entre ellas la de la búsqueda de quesos, o era acaso por esa entrañable curiosidad que siempre me hizo desear conocer el interior de cada vivienda, echar de cerca una ojeada a los secretos arcanos de cada familia.
Al llegar lo primero que hice fue preguntar por el ave.
La vieja matriarca comenzó contándome algo que ya sabía: parte de la familia, trasladándose en un vehículo desde La Cocha a Huasa Pampa sur, habían sufrido un accidente: uno de sus hijos murió aquella noche.
No faltó el vecino que supo interpretar en la llegada del ave a la casa un mensaje: un anuncio, una especie de oráculo que vaticinaba la futura desgracia
Esa noche también se alteraría el destino del pájaro, cuando la vieja, en un rapto de furia venida más seguro de su declinante autoridad senil que de la certidumbre sobre la culpabilidad del ave, decidió sacrificarla.
Al respecto nada es seguro. Una de sus hijas o ahijadas me contó que a último momento el animal escapó de sus manos justo cuando iba a desintegrarlo de un apretón
Seguramente huyó aterrado, describió incluso parte de la fuga aunque los detalles me llenaron de dudas.
Dicen que su vuelo, había dejado una infinita estela de plumas blancas que flotaba muchos días después por cualquier parte: en las casas del vecindario, en la cocina campestre; entremezclada con las cenizas del fogón entre las tortillas al rescoldo o incluso en el interior de los quesos de tan cuidada elaboración.
Dicen los niños de la casa que en el tornasolado lechoso de aquellas plumas, reflejados en los brillos se podían adivinar antiguos animales, seres extinguidos: un jaguareté, o en otras un tapir, en algunas se veían tucanes volando entre los ramajes de las selva. Toda una fauna de seres desaparecidos hacía ya mucho tiempo hasta de la memoria.
Reinaldo, el fiel capataz del campo asegura que todavía aparece cada temporada
Otra de las hijas ahijadas o lo que fuere me dio otra versión
El ave se escabulló sí, para escapar dejando a su paso una infinita estela de plumas blancas que fosforecieron en las sombras de la noche en dirección a la negra bóveda solo llenada por la luz infinita de una luna llena portentosa y glacial que envuelta en iridiscente ropaje de muselinas y gasas anunciaba la pesada helada que entreteje la noche.
Cierto atardecer mirando la puesta de sol tras Los Andes, alcancé a oír el inconfundible canto de un zorzal entre el ramaje de las moras, a esa hora las luces son casi una penumbra de oro purpúreo que se asienta sobre el paisaje y los objetos, una luz en descenso. En paulatino apagarse, amortiguarse. Un crescendo a la inversa como un pianísimo.
Creo haberlo visto por un instante, desprovisto de pigmento, una ausencia de color, una blanca salpicadura entre el verde antes de que se escabullera en dirección a la vecina selva.
Uno de esos veranos llamó mi atención un pájaro enjaulado que salvo pequeñas áreas; el pico y las patas de color castaño, el resto, en especial el plumaje era de absoluto blanco.
Viéndolo de lejos, supuse que sería un bollero: tímidas y solitarias, escurridizas e insectívoras aves a las que siempre añoré ver de cerca aunque sin éxito. Me precipité sobre la novedad, arrobado tanto por su conspicua belleza como por la posibilidad de contemplar de cerca eso que siempre me apareció tan distante.
La matriarca, acostumbraba a interponerse entre los integrantes de su familia y los forasteros, oficiando invariablemente de interlocutora, filtrando de paso en tan precavido trámite cualquier intercambio de ideas que pudiera alterar el cerrado cerco de interrelaciones con el resto de la dinastía.
Al inquirirla sobre el pájaro, me deslumbró con la realidad de que se trataba de un zorzal: nacido en una nidada en la higuera de su propio patio, esa que hacía sombra sobre el corral donde se llenaban los búcaros de leche para los cuajos y más tarde prensado de los quesos.
Aunque éste se había distinguido de sus hermanos por ser albino.
En el mismo instante de su relato iba entendiendo que me hallaba frente a una rara excepción, aún más, a una casi imposible excepción, y esto me cautivó. Aunque también me llenó de un raro, vago, recóndito presentimiento... Inmediatamente le propuse la compra.
La sabia más que octogenaria que no en vano había apagado ochenta y seis más ochenta y cinco, más ochenta y cuatro y así sucesivamente, hasta llegar a las primeras lo que totaliza algo así como tres mil setecientas cuarenta y un velitas en todos sus años, pero a estas últimas no las contemos porque fueron apagadas por interpósitas personas. Obviamente tenía que negarse, no de vicio había visto nacer y morir el día tantas veces y sospecharía acertadamente que era invaluable. Tampoco era tan fácil como ir al almacén de la esquina a preguntar por el precio de una docena de zorzales albinos.
La siguiente temporada veraniega me imponía volver tras los cultivos y retomar mis rutinas y entre ellas la de la búsqueda de quesos, o era acaso por esa entrañable curiosidad que siempre me hizo desear conocer el interior de cada vivienda, echar de cerca una ojeada a los secretos arcanos de cada familia.
Al llegar lo primero que hice fue preguntar por el ave.
La vieja matriarca comenzó contándome algo que ya sabía: parte de la familia, trasladándose en un vehículo desde La Cocha a Huasa Pampa sur, habían sufrido un accidente: uno de sus hijos murió aquella noche.
No faltó el vecino que supo interpretar en la llegada del ave a la casa un mensaje: un anuncio, una especie de oráculo que vaticinaba la futura desgracia
Esa noche también se alteraría el destino del pájaro, cuando la vieja, en un rapto de furia venida más seguro de su declinante autoridad senil que de la certidumbre sobre la culpabilidad del ave, decidió sacrificarla.
Al respecto nada es seguro. Una de sus hijas o ahijadas me contó que a último momento el animal escapó de sus manos justo cuando iba a desintegrarlo de un apretón
Seguramente huyó aterrado, describió incluso parte de la fuga aunque los detalles me llenaron de dudas.
Dicen que su vuelo, había dejado una infinita estela de plumas blancas que flotaba muchos días después por cualquier parte: en las casas del vecindario, en la cocina campestre; entremezclada con las cenizas del fogón entre las tortillas al rescoldo o incluso en el interior de los quesos de tan cuidada elaboración.
Dicen los niños de la casa que en el tornasolado lechoso de aquellas plumas, reflejados en los brillos se podían adivinar antiguos animales, seres extinguidos: un jaguareté, o en otras un tapir, en algunas se veían tucanes volando entre los ramajes de las selva. Toda una fauna de seres desaparecidos hacía ya mucho tiempo hasta de la memoria.
Reinaldo, el fiel capataz del campo asegura que todavía aparece cada temporada
Otra de las hijas ahijadas o lo que fuere me dio otra versión
El ave se escabulló sí, para escapar dejando a su paso una infinita estela de plumas blancas que fosforecieron en las sombras de la noche en dirección a la negra bóveda solo llenada por la luz infinita de una luna llena portentosa y glacial que envuelta en iridiscente ropaje de muselinas y gasas anunciaba la pesada helada que entreteje la noche.
Cierto atardecer mirando la puesta de sol tras Los Andes, alcancé a oír el inconfundible canto de un zorzal entre el ramaje de las moras, a esa hora las luces son casi una penumbra de oro purpúreo que se asienta sobre el paisaje y los objetos, una luz en descenso. En paulatino apagarse, amortiguarse. Un crescendo a la inversa como un pianísimo.
Creo haberlo visto por un instante, desprovisto de pigmento, una ausencia de color, una blanca salpicadura entre el verde antes de que se escabullera en dirección a la vecina selva.
jueves, 25 de junio de 2009
LA SUERTE DE LOS PONDALES
No se pierde la vida al morir, en la agonía, se pierde la vida en cada minuto, día a día, arrastrada en las miles de insulsas monotonías.
Stephen Vicent Benet
Fue en la monotonía del miércoles de su cumpleaños cuando Ezequiel Pondales comenzó a verse envuelto en hechos insólitos. Casi había perdido ya, a los treinta y ocho años, la esperanza de hacer algo especial cuando ocurrió aquello.
Años atrás, su padre le decía:
- Podrás ser algo grande, aunque cuídate Ezequiel, para que no termines como todos los Pondales. Y Ezequiel de tanto oírlo terminó convenciéndose de que así sería:
“Ser algo grande ¡Qué fácil! pero, ¿Cómo?..." Se había preguntado más de una vez y cuando esa tarde, al mirarse en el espejo vio su imagen sumergida en un ámbito de luz parda y mortecina, apenas si se inmutó: tampoco al notar que los objetos sobre los que ponía sus manos, quedaban vibrando como acongojados.
La voz de su padre, que aún en ecos retumbaba en las paredes, lo sacó de su ensimismamiento:
- Tu tía Clementina era tan alta y delgada que su ataúd parecía un poste de álamo: la atropelló un tranvía a caballo cuando se distrajo al cruzar la calle, y como era pesada de oído...
Esa tarde, Ezequiel gozó trazando con los dedos en el aire figuras de luz pálida y mirando como se diluían poco a poco después de haber flotado un rato.
- En cambio a tu tío Carlino, lo mató de siete balazos a la salida de los tribunales un tal Vera, que tuvo que pagar por eso con la cárcel, aunque no mucho tiempo porque su hermano que por entonces era gobernador le arregló enseguida el asunto. Hubiera sido mejor para Vera tirar esos tiros al aire, porque el mismo Carlino era un tiro al aire.
Ezequiel comenzó a salir de su estupor para pensar en el uso que podría dar a sus nuevas facultades, lo que le tomó parte de la noche sofocante de ese miércoles. El jueves decidió dedicarlo íntegro al descanso, encerrado en su casa.
- Emiliano fue otra cosa: no le dolía ni la uña del dedo ni le faltaba plata. Se mató de puro aburrimiento después de la misa del domingo: se sentó en un banco de la plaza y a otra cosa.
Ezequiel pensaba construir relojes sin cuerda que funcionasen con esa vibración que su cuerpo proyectaba a los objetos inanimados, aunque el hecho no le parecía del todo factible. Pensó también hacer demostraciones públicas de sus poderes: cobrar por el derecho de verlo y destinar el dinero para una campaña en contra del anonimato. A fuerza de tanto pensar el jueves le resultó corto, lo mismo que los días sucesivos en los que solo salió de sus meditaciones porque la voz de su padre continuaba irrumpiendo en la calma tensa del cuarto y le hablaba de hechos tan antiguos que ni siquiera le producían nostalgia.
- Hasta el momento soy el único Pondales que no tuvo un fin trágico y es porque me cuido de eso. No quisiera terminar como mi hermano mayor, despellejado vivo por un caldo hirviente...
“Anda penando", pensó Ezequiel, " porque nunca se perdonó el haberse muerto de viejo..." En seguida miró sus manos para comprobar que la luz no había dejado de rondarlo y decidió salir para ejecutar sus nuevas facultades.
Quiso abrir la puerta pero la traspasó como si hubiese sido de vidrio, asustado, encongió los brazos. Volvió a estirarlos y de nuevo su cuerpo, pura luz, la traspuso sin abrirla. Salió estupefacto, quiso dar un paso y descubrió que cualquier esfuerzo lo hacía disgregarse en miles de partículas luminosas y cada vez era mayor el esfuerzo mental que debía hacer para condensarlas y reconstruirse a si mismo. Apresurado iba a hablar de sus milagrosos poderes cuando una ráfaga del cálido viento de las noches de marzo, lo desmenuzó en un enjambre de pequeñísimas partículas luminosas que se dispersaron en el aire.
De un grupo de niños que jugaban en la acera de en frente, uno vio los destellos y señalándolos se hechó a correr mientras gritaba:
- ¡Las luciérnagas! ¡Las luciérnagas! ¿Quién las atrapa?
Ninguno escuchó las apenas perceptibles voces desesperadas de los infinitos Ezequieles, ni siquiera llamó la atención a nadie, días después, la noticia de su desaparición.
Jorge J. Namur
Stephen Vicent Benet
Fue en la monotonía del miércoles de su cumpleaños cuando Ezequiel Pondales comenzó a verse envuelto en hechos insólitos. Casi había perdido ya, a los treinta y ocho años, la esperanza de hacer algo especial cuando ocurrió aquello.
Años atrás, su padre le decía:
- Podrás ser algo grande, aunque cuídate Ezequiel, para que no termines como todos los Pondales. Y Ezequiel de tanto oírlo terminó convenciéndose de que así sería:
“Ser algo grande ¡Qué fácil! pero, ¿Cómo?..." Se había preguntado más de una vez y cuando esa tarde, al mirarse en el espejo vio su imagen sumergida en un ámbito de luz parda y mortecina, apenas si se inmutó: tampoco al notar que los objetos sobre los que ponía sus manos, quedaban vibrando como acongojados.
La voz de su padre, que aún en ecos retumbaba en las paredes, lo sacó de su ensimismamiento:
- Tu tía Clementina era tan alta y delgada que su ataúd parecía un poste de álamo: la atropelló un tranvía a caballo cuando se distrajo al cruzar la calle, y como era pesada de oído...
Esa tarde, Ezequiel gozó trazando con los dedos en el aire figuras de luz pálida y mirando como se diluían poco a poco después de haber flotado un rato.
- En cambio a tu tío Carlino, lo mató de siete balazos a la salida de los tribunales un tal Vera, que tuvo que pagar por eso con la cárcel, aunque no mucho tiempo porque su hermano que por entonces era gobernador le arregló enseguida el asunto. Hubiera sido mejor para Vera tirar esos tiros al aire, porque el mismo Carlino era un tiro al aire.
Ezequiel comenzó a salir de su estupor para pensar en el uso que podría dar a sus nuevas facultades, lo que le tomó parte de la noche sofocante de ese miércoles. El jueves decidió dedicarlo íntegro al descanso, encerrado en su casa.
- Emiliano fue otra cosa: no le dolía ni la uña del dedo ni le faltaba plata. Se mató de puro aburrimiento después de la misa del domingo: se sentó en un banco de la plaza y a otra cosa.
Ezequiel pensaba construir relojes sin cuerda que funcionasen con esa vibración que su cuerpo proyectaba a los objetos inanimados, aunque el hecho no le parecía del todo factible. Pensó también hacer demostraciones públicas de sus poderes: cobrar por el derecho de verlo y destinar el dinero para una campaña en contra del anonimato. A fuerza de tanto pensar el jueves le resultó corto, lo mismo que los días sucesivos en los que solo salió de sus meditaciones porque la voz de su padre continuaba irrumpiendo en la calma tensa del cuarto y le hablaba de hechos tan antiguos que ni siquiera le producían nostalgia.
- Hasta el momento soy el único Pondales que no tuvo un fin trágico y es porque me cuido de eso. No quisiera terminar como mi hermano mayor, despellejado vivo por un caldo hirviente...
“Anda penando", pensó Ezequiel, " porque nunca se perdonó el haberse muerto de viejo..." En seguida miró sus manos para comprobar que la luz no había dejado de rondarlo y decidió salir para ejecutar sus nuevas facultades.
Quiso abrir la puerta pero la traspasó como si hubiese sido de vidrio, asustado, encongió los brazos. Volvió a estirarlos y de nuevo su cuerpo, pura luz, la traspuso sin abrirla. Salió estupefacto, quiso dar un paso y descubrió que cualquier esfuerzo lo hacía disgregarse en miles de partículas luminosas y cada vez era mayor el esfuerzo mental que debía hacer para condensarlas y reconstruirse a si mismo. Apresurado iba a hablar de sus milagrosos poderes cuando una ráfaga del cálido viento de las noches de marzo, lo desmenuzó en un enjambre de pequeñísimas partículas luminosas que se dispersaron en el aire.
De un grupo de niños que jugaban en la acera de en frente, uno vio los destellos y señalándolos se hechó a correr mientras gritaba:
- ¡Las luciérnagas! ¡Las luciérnagas! ¿Quién las atrapa?
Ninguno escuchó las apenas perceptibles voces desesperadas de los infinitos Ezequieles, ni siquiera llamó la atención a nadie, días después, la noticia de su desaparición.
Jorge J. Namur
sábado, 20 de junio de 2009
EL OMEGA
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
El Aleph Jorge Luís Borges
Recuerdo vagamente el placer que me producía comprobar que el ámbito de luz que acompañaba a Beatriz, causaba en muchos una sensación de irrealidad. Debo haberla amado a pesar de su indiferencia. Por entonces comenzó su hoy indefinido viaje. Ausente ella, me dedique a la vana devoción de su persona. Cautamente, para no delatarme, averiguaba sus varios paraderos: en Buenos Aires perdió su confesa vocación de diseñadora estilista al sepultarse entre libros de una ilegible biblioteca, de no sé que arrabales del barrio sur. Tres años después reaparece nuevamente extraviada pero esta vez en los corredores de un museo en Uruguay, donde guiaba turistas apresurados por terminar el periplo para salir a comprar lo que se pueda.
Su perpetua ausencia fue un buen motivo para volver a la casa, donde ya de antaño vivían, porque no decirlo, extraviados entre los residuos de una mansión en la que, creyeron alguna vez, habitarían para siempre. Su hermano Carlos era el pretexto para mis visitas y así espiar de cerca los sutiles reflejos que aún circundaban los objetos ungidos por ella.
- El mal humano es la lengua.- afirmaba concienzudo.
- Imagínalo salvado por la máquina.- parafraseaba en luminoso acierto, aunque esta ideas parecían más una suerte de casualidad probabilística, que conclusiones más profundas.
- Genes migratorios es lo que somos.- Exaltándose al adivinar mi demencia ante una oración perdida entre infinitas medianías que me hundían en una melancólica sensación de pérdida, de tiempo muerto, de aguas estancas pero irrenunciables, porque sabiendo todo inútil en el fondo de mi ser yo albergaba algo, infinitamente indefinido pero que sabía a ciencia cierta imposible. Sin dudar de mi credibilidad argumentaba haber vislumbrado "ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre los hombres usurpan pero que a ninguno le ha sido dado contemplar..."creo que así dijo Borges al referir al insondable, al universo. Borges pudo imaginarlo pero ¿Lo pudo hacer Carlos? Me refiero y refiero lo dicho por él seguramente animado por mi paciencia.
Yo lo escuchaba, metódica e inquebrantablemente, lo escuchaba. Estas visitas me imponían confrontar aquel espejo: dorado a la hoja, forma de lira. Transmigrante que habría seguramente digerido en su luna intestinas cuestiones de la historia nacional. Perfilaba lo que a más sinceridad correspondería, ocupara un espacio en el blasón de la familia, ya que siendo la última letra como lo es la omega, simboliza el fin de la otrora cuantiosa fortuna de Don Juan Pérez; casado con una prima mayor que él: Doña Teodelina Pérez Milona y que de tal colisión, dejó como saldo, entre otros hijos: Beatriz y Carlos.
La lira gozaba su posición engrandeciendo mi vanidad y devolviendo aunque inversos, los acontecimientos familiares en el patio colonial que quedaba a mis espaldas. Alguna vez, mientras Carlos hablaba, yo alcancé a ver los destellos de Beatriz circundándonos, volvía recurrente el recuerdo de aquel vestido negro, cortado y cosido por ella misma en siestas de fútiles conversaciones domésticas. Rememoraba su predilección por un collar de perlas similar a uno genuino que fuera de su abuela materna; extinto en las últimas conflagraciones familiares en torno a la herencia: capitulaciones firmadas, en el armisticio, alcanzó para un anillo por cada biznieta.
Cuantas veces la omega se ruborizó ante la imagen de Beatriz engalanada de fiesta, y yo observador culpable.
Mágica evocación de ti omega, círculo que casi se cierra sin nunca lograrlo. Negro contorno que aprisionas volúmenes vacíos o mejor, llenos de un vacío: evocas músicas, cantos. Algo de ella pierde. Algo gana. Visión invertida y parásita del mundo, fatigado azogue, desvaído de recuerdos y que alguna vez un atardecer apocalíptico lo tiñó de fuego, convirtiendo en espectros de Beatriz a los habitantes de la casa; y ellos lamentablemente ajenos a este prodigio. En él vi cambiar el día en noche; las begonias del gran patio contiguo salpicarse con la peste del oídio, adivinaba sus satinadas texturas en el ataque: espora errante que remontas vuelo. Dispersos viajeros de climas y geografías, perteneces a la misma raza del que será el último comensal de tu tiempo.
Porción de universo, abertura entre cielo y tierra: Omega: en ti mis días especulares y fugaces como las volátiles y ocasionales imágenes que se llenan de perfumes conocidos, reavivando el sonido de voces veladas, de tu infinita ausencia.
A veces recuerdo vagamente su vestido negro. Cierta vez la encontré en un aeropuerto, a punto de tomar un vuelo. Vuela hoy por el mundo Beatriz, igual que la errática espora del hongo, buscando el sustrato que la cobije para continuar deshaciendo la vida, esa sucesión de sueños en la que vagamos prisioneros. Llevará por equipaje un atado de ilusiones, hechas de la misma sustancia de sus actos. Entre esas imágenes seguramente yo seré un recuerdo desvaído como el ajado azogue. Extraviado entre los recuerdos invertidos y enredados del espejo. Quizá nos veamos en otra parte, transcurridos algunos años, y ni recuerde su rostro, o su tiempo.
¿Desperdigará a su paso las rosadas iridiscencias?
Quizá lo único que recuerde de ella, sea su negro vestido o su largo collar de perlas apócrifas.
Jorge Namur
10 5 96
El Aleph Jorge Luís Borges
Recuerdo vagamente el placer que me producía comprobar que el ámbito de luz que acompañaba a Beatriz, causaba en muchos una sensación de irrealidad. Debo haberla amado a pesar de su indiferencia. Por entonces comenzó su hoy indefinido viaje. Ausente ella, me dedique a la vana devoción de su persona. Cautamente, para no delatarme, averiguaba sus varios paraderos: en Buenos Aires perdió su confesa vocación de diseñadora estilista al sepultarse entre libros de una ilegible biblioteca, de no sé que arrabales del barrio sur. Tres años después reaparece nuevamente extraviada pero esta vez en los corredores de un museo en Uruguay, donde guiaba turistas apresurados por terminar el periplo para salir a comprar lo que se pueda.
Su perpetua ausencia fue un buen motivo para volver a la casa, donde ya de antaño vivían, porque no decirlo, extraviados entre los residuos de una mansión en la que, creyeron alguna vez, habitarían para siempre. Su hermano Carlos era el pretexto para mis visitas y así espiar de cerca los sutiles reflejos que aún circundaban los objetos ungidos por ella.
- El mal humano es la lengua.- afirmaba concienzudo.
- Imagínalo salvado por la máquina.- parafraseaba en luminoso acierto, aunque esta ideas parecían más una suerte de casualidad probabilística, que conclusiones más profundas.
- Genes migratorios es lo que somos.- Exaltándose al adivinar mi demencia ante una oración perdida entre infinitas medianías que me hundían en una melancólica sensación de pérdida, de tiempo muerto, de aguas estancas pero irrenunciables, porque sabiendo todo inútil en el fondo de mi ser yo albergaba algo, infinitamente indefinido pero que sabía a ciencia cierta imposible. Sin dudar de mi credibilidad argumentaba haber vislumbrado "ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre los hombres usurpan pero que a ninguno le ha sido dado contemplar..."creo que así dijo Borges al referir al insondable, al universo. Borges pudo imaginarlo pero ¿Lo pudo hacer Carlos? Me refiero y refiero lo dicho por él seguramente animado por mi paciencia.
Yo lo escuchaba, metódica e inquebrantablemente, lo escuchaba. Estas visitas me imponían confrontar aquel espejo: dorado a la hoja, forma de lira. Transmigrante que habría seguramente digerido en su luna intestinas cuestiones de la historia nacional. Perfilaba lo que a más sinceridad correspondería, ocupara un espacio en el blasón de la familia, ya que siendo la última letra como lo es la omega, simboliza el fin de la otrora cuantiosa fortuna de Don Juan Pérez; casado con una prima mayor que él: Doña Teodelina Pérez Milona y que de tal colisión, dejó como saldo, entre otros hijos: Beatriz y Carlos.
La lira gozaba su posición engrandeciendo mi vanidad y devolviendo aunque inversos, los acontecimientos familiares en el patio colonial que quedaba a mis espaldas. Alguna vez, mientras Carlos hablaba, yo alcancé a ver los destellos de Beatriz circundándonos, volvía recurrente el recuerdo de aquel vestido negro, cortado y cosido por ella misma en siestas de fútiles conversaciones domésticas. Rememoraba su predilección por un collar de perlas similar a uno genuino que fuera de su abuela materna; extinto en las últimas conflagraciones familiares en torno a la herencia: capitulaciones firmadas, en el armisticio, alcanzó para un anillo por cada biznieta.
Cuantas veces la omega se ruborizó ante la imagen de Beatriz engalanada de fiesta, y yo observador culpable.
Mágica evocación de ti omega, círculo que casi se cierra sin nunca lograrlo. Negro contorno que aprisionas volúmenes vacíos o mejor, llenos de un vacío: evocas músicas, cantos. Algo de ella pierde. Algo gana. Visión invertida y parásita del mundo, fatigado azogue, desvaído de recuerdos y que alguna vez un atardecer apocalíptico lo tiñó de fuego, convirtiendo en espectros de Beatriz a los habitantes de la casa; y ellos lamentablemente ajenos a este prodigio. En él vi cambiar el día en noche; las begonias del gran patio contiguo salpicarse con la peste del oídio, adivinaba sus satinadas texturas en el ataque: espora errante que remontas vuelo. Dispersos viajeros de climas y geografías, perteneces a la misma raza del que será el último comensal de tu tiempo.
Porción de universo, abertura entre cielo y tierra: Omega: en ti mis días especulares y fugaces como las volátiles y ocasionales imágenes que se llenan de perfumes conocidos, reavivando el sonido de voces veladas, de tu infinita ausencia.
A veces recuerdo vagamente su vestido negro. Cierta vez la encontré en un aeropuerto, a punto de tomar un vuelo. Vuela hoy por el mundo Beatriz, igual que la errática espora del hongo, buscando el sustrato que la cobije para continuar deshaciendo la vida, esa sucesión de sueños en la que vagamos prisioneros. Llevará por equipaje un atado de ilusiones, hechas de la misma sustancia de sus actos. Entre esas imágenes seguramente yo seré un recuerdo desvaído como el ajado azogue. Extraviado entre los recuerdos invertidos y enredados del espejo. Quizá nos veamos en otra parte, transcurridos algunos años, y ni recuerde su rostro, o su tiempo.
¿Desperdigará a su paso las rosadas iridiscencias?
Quizá lo único que recuerde de ella, sea su negro vestido o su largo collar de perlas apócrifas.
Jorge Namur
10 5 96
miércoles, 17 de junio de 2009
NEOMITOS DEL TUCUMÁN
Anegada por la ola figurativa que retorna pujante, peligra la estimable memoria de un valor argentino.
Crónicas de Bustos Domecq, Jorge L. Borges y
Adolfo B. Casares.)
Estimada Yení ¿María Eugenia Valentié?:
Siempre atento a su misteriosa aunque meritoria trayectoria en el estudio de la metafísica además también su reconocida curiosidad en el campo de los símbolos y mitos, le acerco este manuscrito cuya historia detallo posteriormente:
Peligra la estimable memoria de un valor nuestro, el ya desaparecido Frederics Locastrante, quien tanto anheló la trascendencia y duerme hoy el frío olvido bajo la dura lápida que no lleva ni la inscripción de su nombre.
Buscó como el Talmudista, pero no por el placer de buscar, sino por el de encontrar, lo que él llamó la más grande de las creaciones: el alfa y la omega. La explicación original, que según su propia teoría en nada divergirá de la final, explicaciones que el tiempo solo abreviará.
Vasto es recordar que nos legó el producto de su concisa obra que atesoró con el denominativo de Neomitos del Tucumán. Muerto de forma por demás dudosa mientras montaba bicicleta en un conocido paseo público una neblinosa mañana y cuyos detalles, para no herir la delicada susceptibilidad del desprevenido lector no citaré. Paso a rememorar sus pensamientos:
Que el Aconquija es una india dormida.
Que da a luz en cada Zafra.
Que el Ñuñorco son sus pechos perfumados por una flor antigua.
Que la niebla de Junio en Concepción es producto de su respiración jadeante.
Que cuando su respiración nos empapa la magia mordisquea la copa de los árboles.
Que el Cochuna son sus lagrimas que corren en dirección al Atlántico.
Que su selva guarda monstruos prehistóricos petrificados.
Que allí mismo los duendes acostumbran a esconderse entre helechos y orquídeas.
Que en el ojo de Iltico lloran las Salamancas.
Que a las cadenas las arrastran los tractores y la ignorancia.
Que la prepotencia lleva el nombre de Corona.
Que la joya antigua se derrumba por la pereza y la ignorancia en Medina.
Que San Miguel crece por fuera y se empequeñece por dentro.
Que nuestra dirigencia fue siempre dirigida por los dirigidos.
Que ahí la libertad se muestra desnuda.
Que Agosto es de azahares.
Que hacia Octubre los lapachos empalidecen los ocasos.
Que si despertáramos a la gran india perderíamos su abrigo.
Para nuestra desdicha y del mismo Locastrante, su obra no prosperó: murió en los papeleros de varios renombrados periódicos. Casi como decir que Locastrante tuvo muerte de papel quemado. Como tampoco dejar de leer que la obra fue ignorada por editores varios.
Hoy en agonía rememoro su gallarda figura. ¿Por qué lo habré asociado con agonía? Pero no quiero culpas en mi conciencia y en descargo haré un manojo de su obra con la última fuerza de mi existencia. Entrégola al mundo para que la engulla su ignorancia y cumplo honrando su memoria.
Sospecho estimada señora que se trata de un original quizá copiado junto al lecho de un enfermo. Esto se deduce en parte por sus muchas fallas. Por lo demás: fue recogido de una papelera en Ginebra hace un par de años por la escritora Alba Omil, de cuyas manos me fueron entregados. Se lo acerco y pongo a vuestra consideración.
JORGE J. NAMUR
Crónicas de Bustos Domecq, Jorge L. Borges y
Adolfo B. Casares.)
Estimada Yení ¿María Eugenia Valentié?:
Siempre atento a su misteriosa aunque meritoria trayectoria en el estudio de la metafísica además también su reconocida curiosidad en el campo de los símbolos y mitos, le acerco este manuscrito cuya historia detallo posteriormente:
Peligra la estimable memoria de un valor nuestro, el ya desaparecido Frederics Locastrante, quien tanto anheló la trascendencia y duerme hoy el frío olvido bajo la dura lápida que no lleva ni la inscripción de su nombre.
Buscó como el Talmudista, pero no por el placer de buscar, sino por el de encontrar, lo que él llamó la más grande de las creaciones: el alfa y la omega. La explicación original, que según su propia teoría en nada divergirá de la final, explicaciones que el tiempo solo abreviará.
Vasto es recordar que nos legó el producto de su concisa obra que atesoró con el denominativo de Neomitos del Tucumán. Muerto de forma por demás dudosa mientras montaba bicicleta en un conocido paseo público una neblinosa mañana y cuyos detalles, para no herir la delicada susceptibilidad del desprevenido lector no citaré. Paso a rememorar sus pensamientos:
Que el Aconquija es una india dormida.
Que da a luz en cada Zafra.
Que el Ñuñorco son sus pechos perfumados por una flor antigua.
Que la niebla de Junio en Concepción es producto de su respiración jadeante.
Que cuando su respiración nos empapa la magia mordisquea la copa de los árboles.
Que el Cochuna son sus lagrimas que corren en dirección al Atlántico.
Que su selva guarda monstruos prehistóricos petrificados.
Que allí mismo los duendes acostumbran a esconderse entre helechos y orquídeas.
Que en el ojo de Iltico lloran las Salamancas.
Que a las cadenas las arrastran los tractores y la ignorancia.
Que la prepotencia lleva el nombre de Corona.
Que la joya antigua se derrumba por la pereza y la ignorancia en Medina.
Que San Miguel crece por fuera y se empequeñece por dentro.
Que nuestra dirigencia fue siempre dirigida por los dirigidos.
Que ahí la libertad se muestra desnuda.
Que Agosto es de azahares.
Que hacia Octubre los lapachos empalidecen los ocasos.
Que si despertáramos a la gran india perderíamos su abrigo.
Para nuestra desdicha y del mismo Locastrante, su obra no prosperó: murió en los papeleros de varios renombrados periódicos. Casi como decir que Locastrante tuvo muerte de papel quemado. Como tampoco dejar de leer que la obra fue ignorada por editores varios.
Hoy en agonía rememoro su gallarda figura. ¿Por qué lo habré asociado con agonía? Pero no quiero culpas en mi conciencia y en descargo haré un manojo de su obra con la última fuerza de mi existencia. Entrégola al mundo para que la engulla su ignorancia y cumplo honrando su memoria.
Sospecho estimada señora que se trata de un original quizá copiado junto al lecho de un enfermo. Esto se deduce en parte por sus muchas fallas. Por lo demás: fue recogido de una papelera en Ginebra hace un par de años por la escritora Alba Omil, de cuyas manos me fueron entregados. Se lo acerco y pongo a vuestra consideración.
JORGE J. NAMUR
domingo, 14 de junio de 2009
NIEBLAS
Y esta vez se desvaneció lentamente, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato más cuando el resto ya había desaparecido.
Lewis Carrol
Alicia en el país de las maravillas.
Juan Barbosa debió salir a caminar esa pálida mañana de Mayo. Y hasta diría que puedo imaginarlo. Quién lo haya conocido tan profundamente como yo, podrá deducir por asociación los hechos ulteriores.
La primera vez que lo vi fue un rato antes de que me lo presentaran: en la humareda del bar aparecía como desdibujado y sombrío. Solo una vez lo vi sonriente y nunca podré olvidarlo; también debió sonreír aquella mañana de Mayo.
-Mi abuelo y su hermano fueron marinos. Los mandaron a fondo en el Paraná con una ráfaga de metralla un amanecer neblinoso. Según dicen, se dedicaban al comercio sin impuestos- me contó aquella noche - y me di cuenta de cuál era su verdadera pasión cuando me relató lo de su nacimiento, como sacando sus anécdotas de entre la bruma de los recuerdos de su tradición familiar.
- Nací un cerrado amanecer. Decía mi madre que para llamar al médico que vivía a tres kilómetros, mi padre tuvo que andar dos horas tentando entre la niebla hasta encontrar el camino.
¡ La niebla! Era lo único que le fascinaba: despertaba en él una atracción morbosa, irrefrenable. Como aquella tarde en que viajábamos por El Clavillo, las nubes habían envuelto el bosque y quiso que camináramos. Jamás vi hombre tan satisfecho. Corría como si flotara entre los vapores, como si no tuviese peso, casi etéreo; parecía una muselina en la distancia. Luego volvió a mi lado y, sin mediar palabra mientras me sonreía, comenzó a diluirse lentamente hasta que pude ver a través de él los árboles esfumados, la sombra de los helechos y la niebla opalescente circundándonos.
Su sonrisa, en éxtasis, me quedó grabada indefinidamente. Y más aún porque después de regresar lo vi tan sombrío y taciturno, como si estuviese abatido, hundido en el fracaso.
Yo había estirado vanamente los brazos para tocarlo, lo traspasé como si no hubiese nada y comenzaba a desconcertarme, cuando volvió a condensarse.
Cierto: aquella mañana de mayo hubo niebla. La noticia en el diario decía: " Salió de su domicilio en la madrugada del 15 del corriente, sin que se haya vuelto a tener noticias de su paradero."
Averigüé luego que la denuncia policial fue asentada por su casera, quien no vaciló un instante en hacerla al sospechar la probable falta de pago.
Quizá yo sea el único en conocer su verdadero destino. Puedo imaginarlo: henchido de satisfacción, debió ver las grevilleas gigantescas perder sus copas entre la bruma. Quizá el paisaje vago lo conmovió tanto que se esfumó lentamente. Puedo imaginarlo entre los vapores, un vapor más y su sonrisa translúcida atravesando árboles y hojas, hasta que el viento se ocupó de diluirla, suavemente, como diluye la niebla.
Jorge Namur
Lewis Carrol
Alicia en el país de las maravillas.
Juan Barbosa debió salir a caminar esa pálida mañana de Mayo. Y hasta diría que puedo imaginarlo. Quién lo haya conocido tan profundamente como yo, podrá deducir por asociación los hechos ulteriores.
La primera vez que lo vi fue un rato antes de que me lo presentaran: en la humareda del bar aparecía como desdibujado y sombrío. Solo una vez lo vi sonriente y nunca podré olvidarlo; también debió sonreír aquella mañana de Mayo.
-Mi abuelo y su hermano fueron marinos. Los mandaron a fondo en el Paraná con una ráfaga de metralla un amanecer neblinoso. Según dicen, se dedicaban al comercio sin impuestos- me contó aquella noche - y me di cuenta de cuál era su verdadera pasión cuando me relató lo de su nacimiento, como sacando sus anécdotas de entre la bruma de los recuerdos de su tradición familiar.
- Nací un cerrado amanecer. Decía mi madre que para llamar al médico que vivía a tres kilómetros, mi padre tuvo que andar dos horas tentando entre la niebla hasta encontrar el camino.
¡ La niebla! Era lo único que le fascinaba: despertaba en él una atracción morbosa, irrefrenable. Como aquella tarde en que viajábamos por El Clavillo, las nubes habían envuelto el bosque y quiso que camináramos. Jamás vi hombre tan satisfecho. Corría como si flotara entre los vapores, como si no tuviese peso, casi etéreo; parecía una muselina en la distancia. Luego volvió a mi lado y, sin mediar palabra mientras me sonreía, comenzó a diluirse lentamente hasta que pude ver a través de él los árboles esfumados, la sombra de los helechos y la niebla opalescente circundándonos.
Su sonrisa, en éxtasis, me quedó grabada indefinidamente. Y más aún porque después de regresar lo vi tan sombrío y taciturno, como si estuviese abatido, hundido en el fracaso.
Yo había estirado vanamente los brazos para tocarlo, lo traspasé como si no hubiese nada y comenzaba a desconcertarme, cuando volvió a condensarse.
Cierto: aquella mañana de mayo hubo niebla. La noticia en el diario decía: " Salió de su domicilio en la madrugada del 15 del corriente, sin que se haya vuelto a tener noticias de su paradero."
Averigüé luego que la denuncia policial fue asentada por su casera, quien no vaciló un instante en hacerla al sospechar la probable falta de pago.
Quizá yo sea el único en conocer su verdadero destino. Puedo imaginarlo: henchido de satisfacción, debió ver las grevilleas gigantescas perder sus copas entre la bruma. Quizá el paisaje vago lo conmovió tanto que se esfumó lentamente. Puedo imaginarlo entre los vapores, un vapor más y su sonrisa translúcida atravesando árboles y hojas, hasta que el viento se ocupó de diluirla, suavemente, como diluye la niebla.
Jorge Namur
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